Hasta hace unos años, las banderas fueron solamente síntesis y símbolo político de las naciones, más bien, de las patrias. Herederas de los antiguos pendones, de las insignias guerreras, fueron la enseña de una tierra y su cultura, y de las costumbres arraigadas allí o impuestas por la fuerza. Estuvieron asociadas con las fronteras y las religiones, con la afirmación de un modo de ser distinto de aquel por el que militaba el vecino, el “otro”, el extranjero, el diferente. Después, de a poco, se fue superando toda la parafernalia nacionalista y militar bajo la cual se gestaron las banderas, y esos símbolos empezaron a meterse en el alma de la gente. Y en un momento que nadie puede precisar, pero que habrá sido significativo en la historia de las sociedades, los pendones se volvieron elemento alusivo a la identidad de las personas. Migraron de la política a la casa, de la marcha y del discurso a los patios de las escuelas; de la rotunda afirmación guerrera y nacionalista a la emotividad pura y simple del hombre de a pie. Se transformaron, sin que nadie sepa cuándo, en parte sustancial de la identidad de cada individuo. Algún día, impreciso y remoto, quienes vivían en el Departamento del Sur de la Gran Colombia, en el país de Quito, hicieron suya, de verdad, la bandera tricolor inventada por Francisco de Miranda, ese ideólogo y patriota, masón y prócer, a quien le hemos negado injustamente la memoria y el monumento que merece. Parte de la historia de las repúblicas latinoamericanas es la historia de las banderas nacionales, y también, la historia de las enseñas provinciales, de las que portaban los caudillos, de las que inventaron tantos reyezuelos, cuyas anécdotas y episodios trágicos y pintorescos articulan esa eterna novela de realismo mágico de la que somos parte.El capítulo final de la historia, significativo sin duda, es el que ocurre en nuestro tiempo: la bandera migró de la política y la fiesta patria –transformada en simple feriado– al estadio de fútbol y, sin necesidad de decreto ni de orden del poder, se radicó en la camiseta que portan niños, jóvenes y viejos cuando juega la selección ecuatoriana de fútbol. De la simbología política, la bandera espontáneamente viajó hacia la gente común, y enraizó en la emotividad de cada hincha, en el grito que arranca cada gol, en la tristeza que suscita la derrota. Más aún, en estos días, los líderes son esos esforzados futbolistas, hombres del pueblo que han llegado tan lejos, y que, con gran dignidad, portan sobre sí la bandera y la enorme responsabilidad de representarnos.Aparte de la importancia y de la significación que la bandera ha adquirido en el fútbol, el hecho es una expresión más de la caducidad de la política, lo cual debería ser motivo de reflexión en estos tiempos de crisis.En fin, el hecho es que ahora –qué bueno que así sea– hay que saludar a la bandera en cada semáforo y en las camisetas de tantos hinchas de la selección que creen en un Ecuador diferente y sin odios, entre los abrazos por los goles y las penas por las derrotas. (O)