No existe comunidad sin signos compartidos ni sin una premisa emocional. Por eso tejemos banderas y, por eso, cada vez que miramos la entrada del Congreso de los Diputados sabemos reconocernos en la antigua solemnidad que anuncian sus formas....

En la fachada, el frontón triangular nos remite a la arquitectura clásica. Las columnas de orden corintio del pórtico nos pueden recordar a la Maison Carrée de Nimes, pero también nos conectan con las reinterpretaciones que poblaron Occidente: desde el Capitolio de Washington hasta las sedes de tantas universidades.

Dentro del palacio, se guarda una colección de pintura historicista. Allí se preserva la memoria de las Cortes de Valladolid de 1295 y del juramento de las de Cádiz de 1810. Antes de entrar al salón de plenos, un busto de Agustín Argüelles nos recuerda que hubo un tiempo en que el parlamentarismo fue un oficio noble. Y una vez dentro del hemiciclo los signos vuelven a multiplicarse.

Cuando sus señorías toman la palabra —así sea para insultarse—, arriba, en lo alto, unas vidrieras muestran las cuatro virtudes cardinales que se inspiraron en el Libro IV de la República de Platón. En los flancos laterales, dos hornacinas custodian a los Reyes Católicos. Dentro de las pinturas de la bóveda se suceden distintas alegorías y, en el centro, aún puede leerse el tetragrama que da nombre al Dios de los judíos. Está escrito, por cierto, con letras hebreas.