Un estudio analiza el poder diplomático de los banquetes de Estado y reflexiona sobre la importancia del gastronacionalismo
Banderas, himnos, monumentos… Normalmente, los símbolos nacionales tienden a encarnarse en la hipérbole, en un objeto grandioso y épico. Sin embargo, en muchos casos, caben en algo tan cotidiano y pequeño como un plato. La comida puede ser un espejo de identidad y una herramienta diplomática. Es lo que defiende el gastronacionalismo, el uso de la comida como símbolo o herramienta para construir o reforzar la identidad nacional. En un contexto polarizado, en el que distintos partidos parecen haberse apropiado de los símbolos nacionales tradicionales, la paella, la tortilla (con y sin cebolla) y las croquetas pueden ser los únicos elementos patrios capaces de poner de acuerdo a todo un país. Incluso representarlo.
“La alimentación es una cultura y todas las culturas generan identidades”, explica Cecilia Díaz Méndez, catedrática de sociología en la Universidad de Oviedo y directora del Grupo de Investigación en Sociología de la Alimentación Socialimen. Según la socióloga, la comida pasa desapercibida en el día a día; pero en contextos de migración o diversidad cultural, los alimentos se convierten en marcadores claros de pertenencia. Por eso los barrios de emigrantes están llenos de restaurantes de su tierra y de exóticas tiendas de alimentación.






