Vaya por delante que no voy a jugar la baza de mi bisabuela la de Salas, que aunque existe es un argumento bastante endeble; y que hablo, por lo tanto, desde fuera. Desde la posición de alguien que conoce razonablemente bien Asturias, que vuelve con frecuencia y tiene un interés especial por su cocina tradicional, pero que no es de allí. Vaya por delante también, ya que estamos, que para complementar mi visión he pedido algunas opiniones locales, reflexiones de gente de Asturias que tiene que ver con el sector gastronómico y que conoce este tema más y mejor que yo. Dicho todo esto, que aquí no venimos a poner paños calientes, la primera en la frente: a mí el cachopo no me interesa nada.
Me explico, porque habrá quien piense –no sin razón–, que si no me interesa, para qué me meto. Me interesa como me puede interesar cualquier plato más o menos tradicional y como cualquier tendencia gastronómica. Un filete de carne de ternera asturiana de calidad, o dos, rellenos de ingredientes apetecibles en una proporción que no los disfrace, bien fritos y servidos con su guarnición, me parece una cosa estupenda. Lo que no me interesa, en realidad, es el boom que lo desvirtúa, el exceso que hace que pierda toda la gracia.






