Hace unos días Isaac Rosa publicaba un artículo en el que confesaba haber usado una bufanda rojigualda, haber pintado a sus hijas la cara de rojo y amarillo y haber celebrado la victoria de España en el Mundial con intensidad populachera. Reivindicaba su derecho a no entregar la alegría —ni el “orgullo nacional” selectivo— a esa ultraderecha que no quiere que España vaya bien sino que sea suya y que, por eso mismo, se ha apropiado también de todos los símbolos y todas las celebraciones. Me identifiqué mucho, la verdad, con esta rabieta. Yo el domingo por la noche acabé dejándome abrazar en un bar de mi pueblo por un madridista de Vox envuelto en una bandera española, un tipo gritón y correoso que, al ver en la pantalla la imagen del rey, había declarado: “no me gusta Felipín porque es rojo”. Lo admito: yo también lo abracé. Este abrazo no significa nada; no disuelve nuestras diferencias políticas ni nos garantiza una tolerancia pacífica en la próxima guerra civil. El nacionalismo banal de los triunfos deportivos es como los “puntos para fumadores” que aún sobreviven en algunos aeropuertos del mundo: reúnen a adictos al tabaco que se encuentran durante un minuto, hermanados y aliviados, antes de tomar un avión en direcciones diferentes. Yo abracé a un facha; él abrazó a un rojo. ¿Por qué debería sentirme peor que él?
Desentenderse de todo
España, por otro lado, es una nación fallida cuya historia poco ejemplar vuelve ahora, como un regüeldo, a través del fascismo de Vox. Ahora bien, ¿esa historia debe impedirnos celebrar una victoria futbolística? ¿Entregaremos también la sangría y el jamón y los mejillones en escabeche a la ultraderecha?















