La política también es puesta en escena. Y los detalles posteriores a la sentencia del TJUE sobre la amnistía ayudan a entender la realidad de la política catalana. Focos para Oriol Junqueras, porque al protagonismo de la ley del perdón le seguirán la condonación de parte de la deuda del FLA y avances en la nueva financiación. Ausencia de Carles Puigdemont en uno de los días señalados del verano, más calculador que nunca, pese al respaldo de la justicia europea. Y festejos socialistas con las referencias del Tribunal de Luxemburgo al contexto de “reconciliación”. Una victoria judicial compartida sin júbilo en la calle, pese a la robustez de la resolución de Europa, que ahora interpela a la judicatura española. Habló el TJUE y apareció Junqueras antes que nadie para reivindicar un triunfo incompleto, porque la aplicación efectiva de la amnistía sigue pendiente de la terquedad del Tribunal Supremo. Comparecieron Salvador Illa y Félix Bolaños para recalcar que el tiempo les ha dado la “razón” a los socialistas, que ciertamente apostaron por una solución política pese a la campaña difamatoria del PP, pero lo hicieron forzados por la necesidad de investir a Pedro Sánchez. Y se pronunció la cúpula de Junts, reivindicativa con la autoría de la ley, pero críptica con el futuro de Puigdemont, desaparecido pese a ser artífice del logro cosechado en Europa. Puigdemont se está preservando. Lleva meses sin comparecer, la participación en la vida orgánica del partido es intermitente y ejerce de jefe de la oposición exclusivamente en redes. Su situación jurídica depende del Supremo, que no moverá ficha hasta que se pronuncie en otoño el Tribunal Constitucional. Nadie duda que Puigdemont será cauteloso, conducta legítima que tiene maniatado al partido. El regreso del expresidente, sigilosamente preparado, es para la cúpula de Junts la última bala para contener el bocado de Aliança Catalana, que en la última encuesta del CEO -el CIS catalán- engulló al partido del líder del procés. Entre los alcaldes corre el temor que la aparición de Puigdemont, ahora ya con contestación interna, no sea suficiente para voltear la amenaza de Sílvia Orriols. Dirigentes de Junts observan con preocupación la intrascendencia en el Parlament y la regresión de su estandarte entre los preferidos para la presidencia de la Generalitat. Es pertinente preguntarse si el retorno irá acompañado de claridad: ¿cuál será el nuevo propósito político madurado en Waterloo? Es seguro que Junts no se acercará a Sánchez. La decisión es estratégica, lo que no está claro es que sea productiva. Se alimenta la percepción que el partido, con un ojo puesto en Orriols, ya madura cómo sacar rédito de un paisaje con PP y Vox a la cabeza. Sin relacionarse, Puigdemont aguarda y Junqueras se proyecta, desacomplejado de viejos temores de ERC. Las encuestas hablan de un resurgimiento republicano que Junqueras entiende como un aval a su determinación negociadora, por bien que el estrellato de Gabriel Rufián también pese en las expectativas demoscópicas. Por eso, reivindica como un ejercicio de “responsabilidad” sostener a Sánchez después de aprobarle los presupuestos a Illa. Pero el gran as de Junqueras, la financiación, depende del voto de Puigdemont. Queda lejos 2017, pero Cataluña sigue pendiente de las estrategias confrontadas de ERC y Junts, ahora actores de reparto lejos de Palau. Una disputa permanente que no inquieta a Illa y, hasta ahora, ha permitido a Sánchez sobrevivir cumpliendo lo justo y poco más. Calcula en silencio Puigdemont, acapara focos Junqueras. El nuevo curso será electoral.