Un magistrado aún en ejercicio exhibía sin disimular lo que decía: nos han mandado a hacer puñetas. Se refería a las recientes sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en respuesta a sendas cuestiones prejudiciales presentadas por el Tribunal de Cuentas y la Audiencia Nacional. La verdad es que se barruntaba pero no se esperaba un tal revolcón a la justicia española por parte –si se me permite la expresión pelotera en estos días futboleros– del VAR de la justicia europea, a la que nos incorporamos con nuestra integración en la hoy Unión Europea hace unas décadas.

Una alegoría a las puñetas de los jueces vestidos con sus batas rituales, atavíos de dignidad según la doctrina, a las que se refería mi airado compañero de otras lides. Él no se sumó, sino que se indignó con aquella muestra exuberante de la soberbia de algunos jueces creídos de que su poder es superior a los otros dos poderes, el ejecutivo y legislativo. Ni más ni menos que en algarada callejera, con toga y puñetas, los jueces mostraban su oposición a que el legislativo legislare, es decir, se situaban contra la voluntad popular expresada democráticamente en las urnas y, por ello, presente en el Congreso de los Diputados.