Los informes Draghi y Letta han apuntado el rumbo de la autonomía estratégica europea. Más industria, más soberanía tecnológica y más integración de capitales. Hacer todo eso y hacerlo más rápido. No recogen nada de nuevo, pero ponen el acento en la urgencia. La velocidad de los cambios se vuelve tan importante como el rumbo.La Generalitat ha puesto en marcha una iniciativa para acortar los plazos para la concesión de licencias Llibert Teixidó)Decía Raúl Castro, en una intervención pública: “O rectificamos o nos hundimos”. Más allá de quién hacia esta afirmación, la frase recuerda la evidencia incómoda de que los sistemas que no se adaptan a su tiempo acaban bloqueando el futuro que tendrían que hacerlos posible. Esta es también la lección que tiene que asumir Europa si no quiere quedar atrás. Hoy Europa corre el riesgo de quedar atrás si no es capaz de impulsar una transformación profunda y acelerada. Una auténtica terapia de choque para proteger nuestro modelo de vida, de valores y de producción, y para dejar de depender tanto de factores externos. Son muchos los frentes abiertos, y algunos obligan a corregir inercias que hemos seguido durando décadas. Pero todos coinciden en una misma exigencia: la urgencia.Se trata de regular con juicio, de hacerlo bien y rápido, con objetivos concretosEn Catalunya, este debate también nos interpela. Para generar prosperidad de verdad, no solo en el cuadro macroeconómico sino también en la calidad de vida, hay que reducir la dependencia de sectores de baja productividad y bajo valor añadido. Hay que acelerar el cambio de modelo productivo. El problema, como en el debate europeo, es el tiempo. Las inercias del mercado y del entramado normativo que hemos construido durante décadas a menudo traccionan en la dirección contraria de donde queremos ir. Y, demasiado a menudo, los cambios que proponemos tienen efectos tan lentos y progresivos que no generan el impacto suficiente para reconducir el rumbo. Acelerar la transformación es una urgencia de país, sobre todo si queremos que la Catalunya de hoy, de 8,2 millones de habitantes, tenga servicios públicos, infraestructuras, vivienda y actividad económica a la altura de su nueva realidad.Aquí está donde entra la pregunta que encabeza este artículo. ¿Por qué todo va tan lento? ¿Por qué cuesta tanto autorizar una licencia para una nueva industria? ¿Por qué cuesta tanto desarrollar planeamiento urbanístico para hacer vivienda? ¿Por qué no calculamos el tiempo como un coste económico y social?A lo largo de las últimas décadas hemos ido generando un corpus normativo basado en la hiperregulación y la desconfianza. Un país se construye con las energías de su gente, de las empresas y del sector público. Pero hemos sobrecargado estas energías con un exceso de burocracia que disminuye nuestra capacidad de transformar y preparar el país y que ha estropeado la confianza de la ciudadanía en las instituciones. No se trata de desregularlo todo ni de convertir la regulación en una ley de la selva. Se trata de regular con juicio, de hacerlo bien y de hacerlo rápido. Con objetivos concretos como reducir de un año en un mes el plazo de una licencia urbanística, o hacer que un planeamiento que hoy puede durar casi seis años avance con menos duplicidades y más capacidad municipal. Es por eso que el Govern impulsa una iniciativa para acelerar esta transformación reduciendo y simplificando los trámites y las licencias de actividad económica. Una iniciativa para simplificar y clarificar la normativa, y para avanzar hacia una Administración que confía y ejerce el control a posteriori. Todo eso exigiendo al sector privado que asuma la corresponsabilidad que ahora recae solo en la Administración.Catalunya necesita recuperar capacidad de ejecución. Necesita que las buenas ideas no queden paradas y que el país disponga de una Administración que facilite los proyectos de futuro preservando el interés general. Una nueva manera de hacer para una Catalunya que necesita acelerar, pero hacerlo bien. Ahora tenemos una oportunidad. Hagamos que pase.