El gusto que, a lo largo de los años, me ha dado recalar en programas, series, películas que en ocasiones ni sabía lo que eran, que, desde luego, no estaban diseñados para mí, y que podían ser hasta impropios para mi edad, es comparable a pocos otros
El viernes pasado, tras el España—Bélgica, necesitaba bajar de revoluciones antes de acostarme, así que me di al zapeo, una actividad que he tildado de retro en esta misma columna hace poco. No tuve que viajar lejos: la película que protagonizaba la entrega semanal de Historia de nuestro cine, en La 2, era ¿Quién puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez Serrador. El chiste se hace solo: para relajarme, me senté —me tumbé, si les soy sincera— frente a una de las mejores películas de terror de la cinematografía de nuestro país.
Mientras volvía a ver a Tom y a Evelyn, los turistas protagonistas de la historia, adentrarse en la ficticia isla de Almanzora, sorprenderse con su aparente despoblamiento y empezar a toparse con chavales que hacen que Los chicos del maíz parezcan tiernos niños de San Ildefonso, pensaba en lo fácil que me había resultado encontrar algo que ni sabía que quería frente a los minutos que suelo pasar buceando en plataformas hasta dar con algo que echarme al ojo. Y eso que para mí las novedades son casi una obligación, me apetezcan más o menos, y el calendario de series de este periódico, mi guía.














