Cada temporada temo que algunos de esos programas de cultura y divulgación que llevan ahí tanto tiempo que los damos por sentados, desaparezcan un día por algún ajuste presupuestario avalado por su supuesta escasa audiencia

Hace unos años estaba enganchadísima a Millennium; por si no les suena, les cuento que era, según la web de TVE, un espacio de “debate, análisis y reflexión sobre temas de actualidad e interés humano”. No usaban realidad aumentada ni un grafismo espectacular; eran cuatro personas charlando sobre cuestiones que planteaba su director y presentador Ramón Colom. A lo largo de sus más de ciento cincuenta emisiones,

m/" data-link-track-dtm="">disponibles en RTVE Play —bendita sea—, hablaron de todo: de Dios, de los algoritmos o de la risa. Siempre sosegadamente y con conocimiento, porque cada semana acudían expertos en la materia, en una, no en todas, como es habitual. Lo esperaba hasta que un día no volvió a las madrugadas de la 2. Indagué vía tuit y me contestaron que estaba pendiente de renovación. Les parecerá un esfuerzo escaso, pero no soy de movilizarme. Mi acto más reivindicativo consistió en escribir a Miko para quejarme por la desaparición de uno de sus conos helados de trufa y chocolate —prioridades—; en mi defensa diré que entonces protestar tenía más mérito, había que molestarse en escribir una carta, comprar un sobre y un sello y buscar un buzón. Cuando indignarse requiere tanta burocracia, el mosqueo se pasa antes.