Son cositas especiales que de vez en cuando aparecen en las plataformas, frecuentemente clónicas en su mediocridad, a las que no he tenido más remedio que acceder a pesar de mi heroica ignorancia y mi incapacidad ante la tecnología

Soy compulsivo en mis aficiones. Y me sobra el tiempo. O sea, si algo me fascina lo consumo y lo gozo de una tirada, aunque en la noche los ojitos se me vayan cerrando por las pastillas que desde hace mucho tiempo me hacen dormir. Solo lo consiguen películas y series que me atrapan a perpetuidad. O cositas especiales que de vez en cuando aparecen en las plataformas, frecuentemente clónicas en su mediocridad, a las que no he tenido más remedio que acceder a pesar de mi heroica ignorancia y mi incapacidad ante la tecnología. Y disfruto en Apple durante cinco episodios

ps://elpais.com/television/2025-10-17/martin-scorsese-tan-santo-como-pecador.html" data-link-track-dtm="">memorables del documental Mr. Scorsese.

Es uno de los directores más impresionantes de la historia del cine. Y un individuo muy complejo, lleno de luces, pero también de sombras e inseguridades, pero que ha conseguido frecuentemente crear arte con ellas. Y hay momentos muy patéticos en la existencia de ese tipo asmático, rodeado de un ambiente mafioso durante su infancia y adolescencia, drogadicto voraz, generoso con el talento ajeno. Robbie Robertson, el líder de The Band, que hizo factible esa preciosa película titulada El último vals, recreando el concierto de despedida de ese grupo mítico, cuenta que la hicieron en un estado lamentable, con una diosa exclusiva llamada cocaína.