Me acerco con interés a la película de Trier, del que me turbó favorablemente ‘La peor persona del mundo’. Pero mi encanto dura poco
No recuerdo otra época tan plagada de estrenos. Pierdo la cuenta de las películas que se atropellan cada semana. Y, por supuesto, no puedo verlas todas. Ni quiero. Estaría amenazado por el ataque de nervios o por un hastío prolongado. Voy donde me mandan. Soy obligado testigo de las que acumulan premios en los festivales y de las que provocan el casi generalizado orgasmo de la crítica. Pero no acostumbro a que me importe lo más mínimo no coincidir ni con lo primero ni con lo segundo. Sí me quedo preocupado o dubitativo cuando algún amigo ciné...
filo me habla con entusiasmo de algo que me deja frío. Bueno, cuestión de gustos, que diría mi conciliadora y racional madre. Y muy de vez en cuando te encuentras con alguna película que hace aflorar las maravillosas sensaciones que puede regalar el cine. Pero hace tiempo que eso no me ocurre o es muy escaso. Y venga a estrenar mediocridades o cositas inmediatamente olvidables en salas cada vez más vacías.
Y me acerco con cierto interés a Valor sentimental. La firma un director noruego llamado Joachim Trier. Me interesó y me turbó favorablemente el retrato que hacía de la vida sentimental de una señora complicada en La peor persona del mundo. Sentí lo mismo con Renate Reinsve, la excelente y sensual actriz que la protagonizaba. Un dúo estimulante. Lo son también para mí las primeras secuencias de Valor sentimental, en las que plantean si las casas y los objetos que hay en ellas también albergan sentimientos respecto a las personas que las habitan. Pero mi encanto dura poco. A partir de ahí, todo está presidido por la intensidad emocional. También nórdica, deudora de Bergman, constatado y atormentado artista, autor de algunas películas que me gustan, pero al que también le debo numerosos bostezos.






