Aunque ese amor pretenda ser tan abrasivo, no me siento contagiado ni quemado por lo que veo y escucho en la película de Emerald Fennell

Imagino que las productoras se estrujan el cerebro buscando fórmulas que les permitan seguir exprimiendo un negocio que durante tanto tiempo ha sido fastuoso, pero con síntomas de enfermedad desde que la clientela ancestral decidió abandonar poco a poco las salas para ver las películas en su casa o a través de la pantalla de los móviles. La segunda debe de ser el medio ideal para degustar las esencias del cine. Y entre las tentaciones para conseguir que los espectadores pasen por la taquilla y se sienten en una butaca rodeados de oscuridad percibo la afición a

-track-dtm="">contar movidas ambientadas en pasados remotos y protagonizada por circunstancias inventadas o reales de grandes personajes de la historia. Les ha tocado últimamente a Cervantes y a Shakespeare en dos nimiedades inmediatamente olvidables, incluidas sus pretensiones de trascendencia, tituladas El cautivo y Hamnet. Sospecho que va a ocurrir también con obras literarias de hace mucho tiempo que deleitaron al gran público y también al muy ilustrado.

Leí en la adolescencia Cumbres borrascosas y aquel amour fou de imposible final feliz en medio de los páramos del norte de Inglaterra me alteró. El cine ha adaptado o se ha inspirado en esa novela legendaria en variadas ocasiones. Hasta el Buñuel mexicano, su época más impresionante, hizo una surrealista y divertida versión de ella en Abismos de pasión.