La directora hace cine a borbotones. Nunca fluye. Su fragmentado modo de narrar le suele venir bien para crear desasosiego y, al momento, explosiones de júbilo
En uno de esos planos que un día fueron bonitos —cuando lo compuso el primero de los cineastas o, a lo sumo, el primero y el segundo—, y que ahora no pueden resultar más remilgados, cargantes y derivativos, una mujer pasea por un campo y acaricia con su mano las espigas de trigo, o las flores, o las hierbas altas, en un encuadre que corta las partes de arriba y de abajo de su cuerpo y en el que refulge la luz del sol. ...
Con Gladiator se hizo célebre la estampa, pero apostaríamos unos cuantos dedos a que Terrence Malick ya lo había filmado en Días del cielo, y lo volvería a rodar hasta el desmayo en El árbol de la vida. En el de Die My Love, sin embargo, hay una jugosa novedad: el personaje lleva un enorme cuchillo entre sus dedos. El simbolismo melancólico y trascendente vira así hasta una dimensión violenta, extraña, casi demente. Lynne Ramsay, su polémica directora, nunca fue de acariciar nada, y menos a los espectadores. El plano es una declaración de intenciones de su estilo. Ni una concesión. Cuchillo entre los dientes para reflejar una existencia volcánica: la de una joven madre que se hunde en la locura precisamente por serlo.








