El problema de la película de Emerald Fennell no es que sea infiel al libro, sino que, al sexualizar la relación entre Catherine y Heathcliff, lo domestica

Emerald Fennell ha puesto el título de su película entre comillas —“Wuthering Heights”, no Wuthering Heights— y tiene razón.

do-esta-hablando-de-cumbres-borrascosas.html" data-link-track-dtm="">La película es lo que Fennell sintió leyendo la novela a los 14 años: su recuerdo privado. Fennell se protege, así, de antemano, contra la acusación de infidelidad. Pero al hacerlo, dice algo más inquietante: que el texto original no es accesible como experiencia compartida, que cada lector tiene su propia versión y que ninguna es más verdadera que otra. El problema de Fennell no es que sea infiel al libro. Toda gran adaptación lo es. El problema es la dirección de su infidelidad: no lleva más lejos la novela, la hace más cómoda. Porque antes incluso de entrar en la sala, la industria cultural ya ha decidido por ti qué es Cumbres Borrascosas.

El estreno en San Valentín nos dice que es una historia de amor, no sobre la violencia del apego, ni sobre el odio, ni sobre lo que el orden social le hace a una mujer que no cabe en él. Los 80 millones de dólares que Warner ha pagado por la película también dicen algo. Dicen que esto es un espectáculo que debe recuperarse rápidamente, no un texto difícil que lleva 180 años resistiéndose a la interpretación. Margot Robbie y Jacob Elordi empapados por la lluvia dicen que la intensidad entre estos dos personajes es sexual, y es bella, pero no esa cosa sin nombre que describe Brontë, esa fusión anterior al sexo y más grande que él proyectada en esa declaración monstruosa de Catherine, su protagonista, cuando afirma “yo soy Heathcliff”. Ese “soy tú” de Catherine es la disolución de la frontera entre dos seres, no una historia de amor. Y quizá por eso hay algo que conviene saber antes de entrar en la sala: en Cumbres Borrascosas no hay sexo. Ni una escena de cama entre Catherine y Heathcliff. La novela más violentamente intensa de la literatura inglesa no contiene ni un solo momento erótico.