Decía Susan Sontag que las películas que generan rechazo suelen ser las más fértiles, las únicas, por lo general, que contribuyen al progreso del lenguaje cinematográfico. A fin de cuentas, argumentaba la escritora estadounidense, el gran público recela del arte de vanguardia, rechaza la novela moderna y detesta la arquitectura racionalista, ¿por qué iba a ocurrir algo diferente con el cine atípico?
El común de los mortales adora a George Lucas y desprecia o ignora a Bresson, Godard y Bruce Conner. En palabras de Peter Biskind, la mayoría de espectadores contemporáneos “somos hijos de Steven Spielberg, no de Francis Ford Coppola”. No hay nada malo en ello, pero deberíamos tener la madurez de admitirlo. Más aún, en opinión de William Friedkin, un coetáneo del Nuevo Hollywood que nunca tuvo del todo claro si quería ser Coppola o Spielberg, “el paladar de la mayoría de los cinéfilos está tan atiborrado de hamburguesas de McDonald’s que ya ni siquiera son capaces de reconocer la buena comida”.
Estos días ha aterrizado en la cartelera española una película nacional francamente atípica, Sirat, cuarto largometraje del cineasta gallego Óliver Laxe. La ha producido El Deseo y acaba de obtener el premio del Jurado en el Festival de Cannes, un par de avales que le han garantizado una notable irrupción en taquilla: 54.000 espectadores y cerca de 400.000 euros de recaudación en su primer fin de semana, con lo que se sitúa no muy lejos del medio millón recaudado por Ballerina, con Ana de Armas y Keanu Reeves.






