Se ha estrenado en Filmin una película pequeña, española, recoleta, costumbrista. Pasó de puntillas por la cartelera, y no logró ni una candidatura a los Goya. Si les dijera que trata de la España vaciada, a lo mejor les animaba a verla. Pero les mentiría. No, no trata de la España vaciada, aunque transcurra en la llanura castellanomanchega.

Esta película (debut de Enrique Buleo) trata de la cotidianeidad y la muerte, y lo hace desde un sitio tan sencillo como lo pueda ser una silla al fresco, junto al barreño de agua para remojar los pies. Entiendo, hasta cierto punto, que Bodegón con fantasmas no gozase de una gran cobertura mediática. El cine es el arte más clasista que existe, y si no hay fanfarria, no hay apenas prensa.

Me entristece que sea tan difícil darle oportunidades a las pequeñas películas, estas que vienen sin grandes nombres ni grandes discursos. Cada año hay, quizás, media docena. Es más llamativo ahora que en los programas de cine se tiende a no hablar de cine, así que las películas que no tienen estrellas, “mensaje”, o una gran maquinaria detrás, se quedan en tierra de nadie, y si no tienen premio en un festival importante, desaparecen casi antes de haber nacido.

Yo les recomiendo ver Bodegón con fantasmas. Me entusiasmó. Son cinco historias sencillas en La Mancha. Hay críticos que la han emparentado con Almodóvar, pero a mi me resuenan más el primer Javier Fesser y el poco reivindicado Chiqui Carabante, además de, por supuesto, a José Luis Cuerda.