En estos días en los que se ha oído hablar repetidamente del abandono por parte de las autoridades de la España interior, del país vaciado, rural y apegado al pueblo, el cine español podría reivindicar que, por lo que atañe a su atención y cuidados, no hay remordimiento alguno. Que, en la última década, y sobre todo en el último lustro, las películas sobre sus gentes se han ido acumulando hasta crear una tendencia cercana a la sobredosis. El regreso al pueblo de aquellos que huyeron despavoridos en el pasado ante la falta de expectativas, y que ahora han retornado —a veces, por convicción; otras, por obligación—, tanto por las dificultades como por el hartazgo de la gran ciudad, se ha convertido casi en un cliché de nuestro cine contemporáneo.

Alberto Morais es el último reincidente en la temática, aunque desde unos postulados narrativos, estilísticos e interpretativos bien distintos al habitual realismo del drama social. Su mirada parece tener como modelo el cine de Robert Bresson, Pier Paolo Pasolini, Manoel de Oliveira y Abbas Kiarostami, extrayendo de cada uno de ellos su rigurosidad formal y, en algún caso, también su humanismo.

En los títulos de crédito iniciales se aprecian ya unas maneras que se salen de lo común: un plano fijo de Agnus Dei (Cordero de Dios), cuadro de Zurbarán, junto con un extracto de La pasión según San Mateo, de Bach, acompañan a los nombres de los profesionales implicados en la película, aglutinando así el apego a la tierra y al trabajo de sus personajes, el sacrificio cristiano, y el anhelo espiritual y las ansias de trascendencia de Morais. Posteriormente, el modo de actuación de sus actores y actrices, distanciado, alejado del naturalismo, seco como la mojama, casi mecánico en sus movimientos físicos, lleva inmediatamente la memoria al cine de Bresson. Unas interpretaciones sin intenciones, o con la intención de no tener intenciones (que no es lo mismo), que pueden ahuyentar a los espectadores más despistados, y en las que también puntúa para la desorientación un tono de tristeza en el ambiente que, en ocasiones, resulta más plúmbeo que desconsolado.