La prodigiosa nueva película de José Luis Guerin, Premio Especial del Jurado en San Sebastián, es un canto a la vida y la resistencia en los márgenes
En su prólogo, filmado en blanco y negro con una cámara de súper-8, Historias del buen valle, Premio Especial del Jurado en el último festival de San Sebastián, presenta un territorio de aspecto anacrónico, entre lo rural y lo urbano, delimitado por las vías de un tren. Vemos unas casas de vieja construcció...
n, un río y su vegetación desordenada mecida por “el bello espíritu del viento”, como decía Jean-Marie Straub parafraseando a D. W. Griffith, que tanto apreciaba el cine que se detenía en la belleza del viento que mece los árboles. En esos primeros fotogramas, sin diálogos, acompasados por los sonidos ambientales y un jazz melancólico, asoman algunos apuntes de esta película-río, o película-mosaico, sobre el barrio de Vallbona, enclave del suburbio de Barcelona atravesado por el cauce del Besós. Un lugar en la periferia que, después de contemplar esta prodigiosa nueva obra de José Luis Guerin, es la tierra de Fátima y Sonia Dosantos o de Antonio López, el carbonero.
Desde su inicios, Guerin se ha preguntado por la esencia del lenguaje cinematográfico, insistiendo tozudamente en recordarnos que las fronteras entre documental y ficción no existen y que, además, es la mirada documental la que permite no perder el contacto con la vida y la realidad de este mundo. Nutrido de las experiencias de sus personajes, Guerin —que firma su largometraje con el anglicismo work in progress, obra en curso— se embarca en un proceso de investigación etnográfica que le devuelve a los orígenes y a la captura del tiempo, el de Vallbona y el del propio cine.






