Paul Urkijo se ha hecho un loable hueco en el cine español con un tipo de película que no hace nadie más: fantasía de época, mitología vasca, cuentos ancestrales, terror de bosque

Paul Urkijo se ha hecho un loable hueco en el cine español con un tipo de película que no hace nadie más: fantasía de época, mitología vasca, cuentos ancestrales, terror de bosque, dolor de seres humanos desfavorecidos. Películas tan influidas por la historia de su tierra y la mitología euskaldun como por el cómic, la novela de aventuras y el cine de fantasía. Así eran la singular

/03/01/actualidad/1519910749_205150.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/cultura/2018/03/01/actualidad/1519910749_205150.html" data-link-track-dtm="">Errementari (El herrero y el diablo) (2017) y la notable Irati (2022). Con Gaua repite fórmula, pero esta vez con una película de tesis social, y además expuesta desde el inicio: sociedades patriarcales, violencia de género y sororidad, viajando desde el siglo XVII.

Nadie duda que fuera así. Pero la sutileza es invisible en Gaua, con personajes de un solo trazo, buenos y malos de convencionales películas de fantasía. El alcance de aquellas féminas quemadas en la hoguera y consideradas brujas en tiempos de la Inquisición ha cambiado tanto en los últimos tiempos que, más que una reivindicación, lo que quizá necesitaban aquellas mujeres era una reflexión profunda sobre los poderes que las llevaron a la muerte en llamas. Los dos villanos de Gaua —un marido maltratador con todos los tics del siglo XXI, y un sacerdote rijoso—, sin embargo, son de una sola pieza. Y eso al cine nunca le viene bien. A Urkijo le honra haber hecho una oda a la identidad femenina del siglo XVII, entre aquelarres, pasiones, torturas y huidas, pero algunas de sus actitudes más íntimas parecen trasplantadas desde la contemporaneidad.