Hay un director casi desconocido en España practicando un cine que (casi) nadie hace. Un cine de género, sin mayores pretensiones sociales (aunque subyazcan algunas esquirlas), fresco, entretenido y efervescente, cuyos referentes parecen estar lejos de este país, aunque en algún momento se pueda pensar que sus dos últimas películas hubieran encajado bien en la ola de nuevos directores de los años noventa del pasado siglo, la de los jóvenes Alejandro Amenábar y

get="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/noticias/alex-de-la-iglesia/" data-link-track-dtm="">Álex de la Iglesia. Se llama Alberto Utrera y, aunque ya tiene una edad (45 años), se ha destapado con dos películas singulares y estimables. Desmontando a Lucía, del año pasado, era un neonoir en tono de comedia negra con toques de thriller. Uno equis dos, ahora, es un thriller generacional sobre la ambición y el desconsuelo, que desemboca casi en el terror, ambientado en un único escenario y con apenas cinco personajes, alrededor de un pleno al 15 en una quiniela de fútbol.

Ninguna de las dos pasará la historia ni tiene por qué hacerlo porque, entre otras cosas, no lo pretende, pero ambas cumplen sus propósitos, el del cine de género de toda la vida, y pueden resultar remarcables en el sentido de su anomalía en un cine patrio copado por otro tipo de estilos, referencias y objetivos. Estupendas películas de verano, palomitas y emociones superficiales.