Qué aburrimiento latente el que inunda las salas después de la pandemia. Ninguna época me ha parecido tan vacía

Hicieron un documental sobre mi nada humilde persona, que me pareció cariñoso y muy aceptable, pero al que colocaron un título que me da grima. Se llamaba El crítico. Nunca busqué una definición romántica al oficio con el que me he buscado el pan, pero jamás podré identificarme con eso tan prosaico, ampuloso, melifluo, de ejercer de crítico. Me parecería aún menos ofensivo que me calificaran como un político, un traficante, un proxeneta, un director de la banca, un ejecutivo de las tecnologías, esas profesiones tan provechosas.

Se me ocurren tamaños delirios observando con desgana, ni siquiera con estupor, las calificaciones que otorga la crítica de cine, pero también las academias, los festivales, templos que exaltan algo tan insustancial como que la nada nadea, otorgando bendiciones y éxtasis perrunos ante películas que me provocan aburrimiento o exclusiva vergüenza, regidas por lo políticamente correcto, por las convenciones mayoritariamente subvencionadas, por lo que conviene decir y hacer, por lo previsible, por la fatuidad que bendice el orden. ¿Qué gran arte se ha creado con los principios ideológicos, con el buen rollo?