Hemos construido un mundo en el que crear una obra artística vale menos que acumular seguidores en las redes
Hay algo hasta poético —y casi épico, si uno tiene el estómago suficientemente fuerte— en contemplar a una persona que lleva cuatro horas maquillándose para asistir al estreno de una película de la que no sabe absolutamente nada. Ni el título. Ni el director. Ni si transcurre en el espacio o en un pueblo de Mordor. Pero lleva un vestido que ha negociado durante semanas, un bolso firmado y una sonrisa que podría iluminar la catedral de Málaga o hasta la Sagrada Familia. Así que, ¿quién necesita saber nada más? ...
Nadie, aparentemente.
He tenido el privilegio —y uso esa palabra con la precisión quirúrgica con que se usa un bisturí sobre una herida abierta e infectada— de ver en varias alfombras rojas del planeta a estas criaturas de nuestro tiempo preguntar en voz alta, con una inocencia que roza lo espiritual, cosas como: “¿Y esta peli de qué va?”. O “¿cómo se llama el actor ese tan famoso que sale?”. Y lo más extraordinario no es la pregunta. Lo más extraordinario es que nadie alrededor parezca encontrarlo ni siquiera mínimamente perturbador.
Porque hemos llegado a un punto en que la ignorancia ya no se disimula. Se exhibe. Se monetiza. Se sube a Instagram con filtro sunrise y 10.000 corazones en cuatro minutos.






