No percibo arte por ningún lado en ‘Una batalla tras otra’, la triunfadora de los Oscar. Se han olvidado injustamente de las dos películas más hermosas, estéticas y conmovedoras que yo he visto este año: ‘Sueños de trenes’ y ‘Frankenstein’

No tengo datos de audiencia ni me interesan, pero sospecho que cada vez hay menos público haciendo vigilia en compañía del televisor hasta las cinco de la madrugada para ser testigo de ese ritual de pompa y circunstancias llamado ceremonia de los Oscar. O sea, el reconocimiento de la sagrada Academia de Hollywood a la gente que ha creado el mejor cine del año. Yo la seguí durante muchos años. Siempre con compañías gratas y graciosas y sin que faltara ese complemento tan estimulante llamado alcohol.

Y unas veces ganaban esos premios películas cuyas virtudes eran transparentes (para mis gustos, aclaro) y otras, naderías bendecidas por la taquilla. No acostumbraba a sorprenderte ni lo uno ni lo otro. Pero recuerdo que la risa compartida nunca fallaba en esas noches. Hacíamos una jugosa porra, aunque yo, supuesto conocedor del cine, era el que menos acertaba permanentemente de todo el grupo. La última vez que observé la gala en soledad, flipé con los ridículos premios. Se los concedieron a una cosa tan inenarrable como aburrida e incomprensible titulada Todo a la vez en todas partes. Y ya no he vuelto a pernoctar para observar el desfile de las vanidades y también de gente justificadamente legendaria. Tampoco veo el espectáculo en diferido. Si acaso, un resumen acelerado de la ceremonia. O me entero en un vistazo rápido en los informativos del día siguiente si ha ocurrido algo que haya concentrado la atención.