El cineasta neoyorquino posee enorme habilidad para uncir canciones memorables a sus imágenes
Es cierto que la nueva serie de Apple TV, Mr. Scorsese, no ofrece revelaciones transcendentales: ya existen abundantes documentales y libros que exploran las vivencias de Martin como niño asmático, el aprendizaje del cine, su tenacidad artística, los años drogotas, su recuperación, la obsesión por la preservación del legado cinematográfico, su entronización como creador supremo al que hasta se le disculpan los pinchazos comerciales. Pero, de rebote, lo...
s cinco capítulos de Mr. Scorsese ilustran sobre su arte para potenciar secuencias con la superposición de clásicos del rock y el blues.
Cualquier cinéfilo recuerda el impacto de la entrada de Robert De Niro en el club de Malas calles. Suena Jumpin’ Jack Flash y no te preguntas si allí realmente podían pinchar algo tan crudo; intuyes que Johnny Boy va a ser el kamikaze del barrio, envidiado por tipos atormentados como Harvey Keitel… y un imán para las chicas.
Algo más llamaba la atención. The Rolling Stones venden muy caros los derechos de sus canciones y ahí estaba un cineasta prácticamente novato usando uno de sus grandes éxitos. Había truco, claro. Scorsese supo cautivar a Allen Klein, el ogro neoyorquino que (mejor no pregunten cómo) se hizo con la propiedad del catálogo de los Stones hasta 1971. Klein le cobró un precio razonable por la inclusión de dos de esos temas en Malas calles. Además, Marty inauguraba una entente que le permitiría repetir la jugada a lo largo de su filmografía. Gimme Shelter suena en tres de sus películas —Uno de los nuestros, Casino e Infiltrados— regocijándose seguramentre en la fricción entre el mensaje subyacente de solidaridad contracultural de la pieza y la brutalidad de aquellos mundillos.








