El Grand Prix del Verano regresa esta noche a La 1. La nueva temporada ya ha sido grabada al completo y, como el decorado ya está bien guardado para la próxima -así de montar y desmontar es la tele-, TVE organizó la rueda de prensa en el corazón de Yepes (Toledo), un pueblo que participó en la edición de regreso de 2023. Allí, caminando con Ramón García, uno se percata de la tele de la que venimos. Las madres se acercaban a Ramontxu y le entregaban a sus bebés. Como al papa, pero sin reverencia en busca de la bendición. A Ramón, directamente, se le quiere abrazar. Porque todos hemos crecido con él. Y él quiere seguir creciendo con nosotros. “¿Sabes lo que pasa? Que aquí en esta plaza de Yepes se han juntado las dos partes de mi tele, los niños y los abuelos. Yo tengo una gran suerte en eso, ser un presentador que llega a todas las generaciones, porque ya no hay eso”, reflexiona.Él se denomina presentador, aunque en realidad es comunicador. Se nota en cómo interactúa con los yeperos. Los presentadores corren al escenario, los comunicadores son del pueblo. Saben que su profesión crece en el prolegómeno que te permite conocer los estados de ánimo de la sociedad. Miran a su entorno, aprenden de él. Escuchan a su alrededor, para luego transmitir mejor. Se nota que Ramón creció en una tele que era un oficio artesanal. No bastaba con mirarse el ombligo, había que ejercer el trabajo en equipo que es vivir. “Yo tuve la suerte de trabajar con los mejores y me enseñaron de iluminación, de realización, de colocar al invitado o concursante en la luz buena sin que se notara demasiado. Todo eso se va perdiendo, porque la tele a menudo son cinco personas hablando en una mesa. De lo que sea: de política, de corazón. Pero solo eso no es tele. La tele es imágenes, es imaginación que tú le das al espectador a través del color, de los decorados, de las voces, de las luces. Si tú todo lo haces plano, y todo tiene la misma luz, y todos están sentados, y todos hablan lo mismo, y encima los invitados siempre son todos los mismos en todos los programas, pues la tele se acaba. Dices, que la den por saco”.Ramontxu define la pérdida de espectadores de la tele con precisión, a la vez que termina explicando, sin pretenderlo, la acogida del retorno de El Grand Prix. Que sorprendió a muchos. Porque el concurso reúne gente de la calle de verdad, competición divertida y la travesura del ingenio televisivo desde ese parque de atracciones singular que es su escenografía en el que la audiencia quiere estar. Eso es la magia de la tele. “La tele tiene que seguir en movimiento, no se puede quedar quieta”. Pero mantiene un superpoder que la hace única: su fuerte está en la elaboración que crea atmósferas especiales. Con la música, con los disfraces, con la travesura de cuando éramos niños y con la responsabilidad de cuando nos hacemos mayores. Esta combinación es la cultura audiovisual que nos hizo querer tanto a la tele. Porque nos llevaba a otros lugares desde lo que somos. El Grand Prix lo logra. Porque no cae en la trampa de los castings prefabricados que anulan la naturalidad. Al contrario, atrae a gente auténtica que se presta a jugar con un Ramón del que se fía, pues confía en él. Porque no te deja solo en una grabación hasta cuando te pica. Te lleva de la mano, ya que su función es ordenar ideas para que luzca el protagonista. Con la complicidad que rebaja los nervios de estar frente a tantas cámaras, tantos focos y tanto trajín. “Últimamente veo mucho presentador y presentadora que se ponen por delante del invitado. Quieren saber más que el invitado, quieren opinar más que el experto y ya le dan la respuesta hasta hecha. Si el invitado canta, incluso tienen que cantar ellos también. Si tú invitas a alguien, él invitado siempre es el importante. Eso me lo enseñó Raffaella Carrà que me insistía: 'la gente cree que yo soy la importante. No, lo son los que se sientan aquí'”.Y así, paradójicamente, es como Raffaella se hizo importante. Como Ramón. Con su capacidad de querer descubrir más que desde la excitación del ego que solo se mira a sí mismo. Narcisismo al que invita una profesión que te da la ambición de los aplausos pero que, también, al minuto, te enfrenta a la contradictoria soledad de cuando los focos se apagan. Ahí es fácil comprender de qué poco sirve sentirse importante. Solo son importantes los afectos que quedan. Al menos, si has tenido tiempo, memoria y cordialidad para disfrutar el trabajo en equipo de un plató. O, lo que es lo mismo, la congregación que es la vida.