El verano, con sus temperaturas, desplazamientos y horas de luz, suele trastocar las rutinas y afectar a la socialización y el ritmo de vida. Pero lo que para los adultos puede ser un cambio necesario de disfrute, en el caso de los niños puede convertirse en todo un desafío.
“Muchas veces nos olvidamos de sus necesidades”, señala Alicia Marqués, experta en sueño infantil y divulgadora en el pódcast Dormir para vivir, que cree que intentar que los niños se adapten a los ritmos sociales de los adultos es uno de los errores más comunes en las familias al llegar las vacaciones. Para ella, especializada en los menores de seis años, tanto la alimentación como el sueño son pilares fundamentales que no se deben descuidar en esta etapa.
Existe la creencia generalizada de que al haber más luz y acostar al niño más tarde, este se despertará también más tarde a la mañana siguiente, pero Marqués advierte de que “nuestro reloj interno no funciona así; los seres humanos funcionamos según nuestra hora de iniciar el día, es decir, nuestra hora de despertarnos”.
Biométricamente, los niños de menos de dos años necesitan una media de once horas de sueño nocturno, explica la experta: “Si un peque despierta de forma natural a las siete de la mañana, para cubrir sus necesidades debería estar profundamente dormido a las ocho de la tarde”. Ignorar esta necesidad puede llevar al niño a una situación de “sobrecansancio”, en la que, alerta, lejos de dormir más, puede derivar en desvelos nocturnos o despertares más tempranos.









