Enmarcado en el reflejo de los arcos del patio del Parlamento, se adivina la silueta de Juan Manuel Moreno que, con varias carpetas debajo del brazo, avanza hacia la sombra de lo que quiso ser sin perder la sonrisa. La foto que hizo el martes pasado Juan Carlos Vázquez para Diario de Sevilla fue todo un anticipo gráfico del acuerdo de PP y Vox en el que queda totalmente desdibujado el perfil que el presidente andaluz llevaba cuatro años trabajándose. Cerrado el ciclo de elecciones en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía, Moreno ya no representa ninguna excepción y es un poco menos “Juanma”. Fue el primer barón en pactar con la ultraderecha en 2019 y es quien consagra la unidad de destino de ambos partidos.Hay una jugosa hemeroteca que el presidente andaluz tiene que digerir ahora pero Alberto Núñez Feijóo ya ha sacado su lectura política y ha obrado en consecuencia: se fue hace un par de semanas a El hormiguero a proclamar que no tiene problema alguno en gobernar en coalición con Santiago Abascal y, el lunes pasado, dejó que Federico Jiménez Losantos lo condujera por la narrativa ultra del cuestionamiento del censo electoral. Como venía haciendo Vox y como hace Isabel Díaz Ayuso, que todavía hoy sostiene sin sonrojo que las elecciones de 2023 fueron “un tanto anómalas”. Ahí se ha colocado Feijóo esta semana, en la pendiente trumpista donde Ayuso se desenvuelve con soltura.Los presidentes de Andalucía y la Comunidad de Madrid, que coincidieron en Nuevas Generaciones y tienen buena relación personal, se han convertido en referentes de dos almas dentro del PP que hicieron que las elecciones andaluzas se vieran como un laboratorio de pruebas sobre otra forma de contener a Vox. ¿Es posible frenarlos marcando distancias en lugar de comprarles el discurso? Moreno no pudo ondear esa bandera tras el 17-M porque los de Abascal sumaron un escaño más y él se dejó cinco en el camino, a pesar de sus 160.000 votos más respecto a 2022. Su victoria —tan incuestionable como insuficiente— le ha llevado a asumir todas las cesiones de sus compañeros que le antecedieron en las urnas sin matiz alguno e incluso incorporar guiños a los antiabortistas y los negacionistas del cambio climático que no aparecen en los documentos anteriores.Todos los presidentes autonómicos han pasado por el aro de la ultraderecha en un PP que ha renunciado definitivamente a mirarse en el espejo de la moderación. Moreno quiso ser una suerte de antítesis de Díaz Ayuso reiterando conceptos como “convivencia” o “centralidad”, pero los términos de su acuerdo con Vox le expulsan de ese marco. El barón popular que repetía en las entrevistas que había aprobado iniciativas de Adelante Andalucía —“un partido anticapitalista”, apostillaba— se queda ahora sin margen para la transversalidad y con una credibilidad muy dañada: hizo campaña contra el contenido del pacto que ha firmado y tiene como vicepresidente a quien acusaba de hacer una criminalización “sangrante” de la inmigración. La aceptación de la “prioridad nacional” solo es la punta del iceberg de las concesiones.Moreno se ha metido de cabeza en el “lío” después de dar un portazo, sin mirar atrás, al relato con el que convenció al 41,6% de los andaluces. Pudo haber escenificado mayor resistencia frente a Vox, pelear por la abstención de otros grupos o amenazar con una repetición electoral que Abascal no quería; pero optó por abjurar de su discurso sin ruido y no complicarle las cosas demasiado a Núñez Feijóo. Ha seguido la hoja de ruta que Génova entiende que facilitará la conquista de La Moncloa porque, en este momento, la simple invitación a buscar puntos de encuentro con la sanchista María Jesús Montero podría pasar factura al candidato del PP.Queda un regusto pastoso tras el desmontaje exprés de lo que “Juanma” ha querido ser en los últimos cuatro años y una inquietante foto poselectoral: salvo la singularidad gallega (donde Vox no tiene ni un solo concejal), los populares solo se libran de pactar con la ultraderecha cuando no se diferencian mucho de ella. Queda más Isabel Díaz Ayuso en el PP.