Paseaba por ahí, asfixiado por el calor, pisando asfalto blando, cuando llegó a mis fauces un delicioso aroma cárnico que abrió mi apetito y me hizo buscar el asador de pollos que emitía aquel efluvio. Aunque recorrí tenazmente todas las calles y plazuelas de la zona, por donde Embajadores, no encontré el local. Una vecina pasaba arrastrando un carrito de la compra estampado a cuadros, y le pregunté. —Oiga, señora, ¿por dónde cae el asador de donde viene este olor?—Ah, eso... No es un asador, viene del colegio —me dijo señalando al edificio mientras, con el hábil manejo de un palillo, se sacaba una hebra de carne de entre los dientes. Vaya, se trataba de uno de esos colegios madrileños donde se asan los niños a altísimas temperaturas. Nunca imaginé que los críos asados olieran igual que el pollo, pero resulta que, por algunas cuestiones bioquímicas que no puedo explicar, es así. Me asaltaron entonces las preguntas: ¿Tendrían los pequeños alumnos la piel tan doradita y crujiente como las aves? ¿Utilizarían en los colegios sistemas rotatorios para asarlos bien, como hacen en las rosticerías? ¿Servirían a los infantes en un recipiente plateado con una garcilla de salsita, a 12 euros, con media ración de patatas fritas? Y, sobre todo, ¿qué político había ideado esta tarea verdaderamente útil, más allá de tanto juego y tanto libro, para nuestros centros educativos? Se ha oído a muchos hablar de ello, pero a pocos con la decisión comeniños de Mariano de Paco, consejero de Cultura, Turismo y Deportes de la Comunidad de Madrid por el Partido Popular, que hace unas semanas defendía con la firmeza debida el asado de infantes en los colegios públicos. Argumentó que él había estudiado en Murcia, con mucha flama, y que “no pasa absolutamente nada”. El ajo y agua de toda la vida de Dios. Hasta la cosa tiene sus ventajas: “El calor”, añadió, “a lo mejor es fuente de inspiración”. Incluso, en un ejemplo que todos deberíamos seguir, ofreció a las brasas a su propia prole, como hizo Agamenón con Ifigenia: “Esta mañana, para llevar a mi hija al colegio, ¿saben lo que he hecho? Ponerle una camiseta de manga corta y un pantalón de manga corto (sic), como hemos hecho toda la vida”. El consejero añadió, para confrontar a esos ubicuos comunistas obsesionados con el fresquito, las ya clásicas alusiones veladas a Venezuela, Cuba, Corea del Norte, Mordor, etc., donde, como explicó, no hay libertad de vestimenta y ni siquiera podríamos elegir el pantalón de manga corto para nuestros hijos. De Paco viene del mundo teatral y eso se nota en esa perenne sonrisa con la que defiende el valor cultural (¡es inspirador!) de rostizar criaturas, sobre todo desde un lugar bien climatizado como la Asamblea de Madrid. Nos hacen falta más como él. Comerse a los niños, por lo demás, es una actividad fuertemente enraizada en la cultura popular, pero también muy denostada, y ya era hora de que se abordase decididamente desde lo público. Niños se comen por doquier, o se intentan comer, en los cuentos populares, como desea hacer la bruja de Hansel y Gretel, además de múltiples lobos, ogros y consejeros de Cultura con las mismas debilidades culinarias, y que suelen ser tachados injustamente como los malos del relato. Los comeniños, pues, han sido injustamente tratados. Pero es que esa práctica es cultura y tradición, puede generar una notable economía que alimente a muchas familias (con otras familias) y, además, es que los pequeños viven fenomenalmente, sin trabajar, hasta que son devorados. ¿Usted no se cambiaría por ellos? Muchas abuelas, quizás cohibidas por el rechazo popular a la ingesta de menores, lo dejan caer disimuladamente: “Ay, qué riquín, ¿no es para comérselo?” Ojo, no es un elemento retórico. ¡Si es que sobra gente!Con la suficiente voluntad política, esta tradición podría arraigar. Es necesario que, desde Comunidad y Ayuntamiento, se desarrollen a la mayor prontitud posible planes serios y decididos, sin ambages, disimulos y medias tintas, para extender el asado de niños como una tradición respetada de la que podamos sacar pecho sin complejos y buenos réditos turísticos, al menos tantos como sacamos de las hermosas meninas y las cañitas madrileñas.Quizás en un futuro, déjenme soñar, nuestros niños asados lentamente al calor del aula, tipo pulled pork, puedan ser declarados Bien de Interés Cultural (BIC). ¡Es que están riquísimos!