La carne, al hacerse, suena.
Para llegar a ese instante harán falta algunas horas. Pero suena.
—¡Ya pensábamos que no venías!—, dicen con sorna los anfitriones.
—Mete el arroz con leche en la nevera—, responde el visitante, que empuja una carretilla anaranjada en la que viajan 30 kilos de leña y 17 estacas hechas con avellano.
Son las 10:20 de la mañana del sábado 23 de agosto. Rubén Martínez Miguel (50 años, Pola de Laviana) acaba de llegar a Posada de Llanes, a una casona asturiana con tres siglos de historia, dos plantas de unos 300 metros cuadrados y el tradicional corredor. La finca tiene unos 5.000 metros cuadrados, pero Rubén va directo a un punto concreto. En una esquina del jardín, escoltado por unas hortensias que ya han visto pasar sus mejores días, empieza a instalar su lugar de trabajo para hoy.






