Pasadas las once de la noche, mientras los toreros abandonaban la plaza, a pie, desprovistos de trofeos y gloria, el granito de los tendidos de Las Ventas aún estaba caliente. Solo un par de horas antes, al comienzo del festejo, directamente, echaba humo. “Si lo sé, me traigo media docena de huevos y los frío en la piedra”, debió pensar más de uno. Seguro que la idea habría hecho las delicias de sus vecinos de localidad.

Quizás, hasta habrían salvado del sofoco al pobre japonés al que las asistencias sanitarias se tuvieron que llevar en volandas a mitad del festejo, tras sufrir un golpe de calor en los bajos del tendido uno. A falta de huevos fritos sanadores, por tendidos, gradas y andanadas corrieron el agua, la cerveza y demás refrigerios “bien fríos, por favor”.

Y mejor no imaginar el calor que pasaron los toreros, aunque ellos, seguro, tenían otras preocupaciones en mente. Para empezar, el deseo de triunfo; para continuar, los pavorosos y astifinísimos pitones de los toros de El Torero. Los del primero y el sexto, los más descarados del encierro, quitaban el hipo. Una corrida de enorme seriedad, cinqueña toda ella, pero de buenas hechuras y nada exagerada de peso: 528 kilos de promedio. La demostración, una vez más, que el trapío no se mide en la báscula.