Los toros de Puerto de San Lorenzo y El Pilar, descastados y sin clase, impidieron el triunfo de una terna entregada

Se notaba que la plaza estaba de luto, caras tristes en los tendidos, y un extraño silencio mientras la banda de música desgranaba notas de marchas procesionales para hacer más llevadera la espera. El paseíllo, sin música; un solo de trompeta, después, como oración fúnebre, banderas a media asta, crespones negros en los brazos de los trabajadores de la plaza…

Era inevitable que el recuerdo de Ricardo Ortiz, el torero muerto la tarde anterior mientras realizaba sus labores como corralero con los toros anunciados, estuviera presente. Un ramo de rosas blancas estaba depositado en la puerta de toriles, allí donde Fortes dejó su montera antes de iniciar la faena de muleta a su primer toro.

Pero esa melancolía, esa tristeza por la muerte de un torero, no se disipó en toda la tarde a pesar de que la magnífica banda Miraflores-Gibraljaire decidió amenizar las faenas de muleta de los tres últimos toros con obras de Manuel de Falla, Turina y una marcha de Semana Santa.

Tampoco es que tales acordes derrocharan alegrías, pero no consiguieron avivar la ausencia de casta de los toros que salieron al ruedo malagueño, faltos de vida, sosos, escasos de fortaleza y sin atisbo de clase en sus entrañas.