El torero sevillano perdió los máximos trofeos al pinchar una explosión de improvisada genialidad ante una Maestranza enloquecida; Víctor Hernández paseó una oreja y Juan Ortega pasó sin pena ni gloria

Si tuvieron la fortuna de ver la corrida, quédense con lo vivido, con esa misteriosa conmoción colectiva que se apoderó de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Puebla.

Si no la vieron, cierren los ojos y sueñen con una obra desigual, virtuosa, estremecedora, sorprendente, barroca, un alarde de improvisación de un artista que no es de este mundo, capaz de hipnotizar y con una capacidad sobrenatural impropia de la torería actual.

Morante es el dios del toreo sevillano, del toreo de España, del mundo, del universo entero, de donde ustedes quieran, porque es un único y diferente, y hace lo que nadie se le ocurre en su sano juicio.

¿Pero qué es lo que pasó? Intentar contarlo es una temeridad, pero no queda más remedio.