El presidente se contagió del triunfalismo imperante (la plaza de Sevilla está perdida) y concedió dos inmerecidas orejas al torero sevillano. Roca Rey y David de Miranda pasearon una cada uno ante una infumable corrida de Garcigrande

Lo de Sevilla con Morante no tiene nombre. Bueno, sí. Es cariño, aprecio, apego… No, no. Es algo más, amor, adoración, quizá. Tampoco. Es frenesí, arrebato, pasión, paroxismo… Eso sí.

Sevilla se pasó toda la tarde aplaudiendo a Morante. ¡Qué más da que se retirara y haya vuelto sin haberse ido...!

Se abrió la puerta de cuadrillas, el torero se adelantó hasta la primera raya y llegó la primera cerrada ovación. Tras el paseíllo, la plaza en pie lo obligó a saludar desde el tercio. Más ovaciones gordas cuando brindó la muerte del cuarto toro, otra cuando colocó la montera boca abajo… Y no digamos cuando se abrió de capa ante su renqueante primero, y cuando en el otro trazó algunas verónicas.

Una exageración. Lo que sucede es que esa corriente se convierte en un virus y contagia a todos; así, de uno en uno, el veneno llegó hasta el palco, y el presidente, Gabriel Fernández, no tuvo empacho en sacar los dos pañuelos para conceder a Morante dos trofeos absolutamente inmerecidos.