La plaza de Las Ventas -cartel de “no hay billetes” en las taquillas- ha vivido una tarde de verdadera locura colectiva gracias a la inspiración de un artista inconmensurable llamado Morante de la Puebla que ha protagonizado dos lecciones de suma categoría artística con toros nobilísimos -inválido el segundo-, concebidos para la belleza.
Pasaban las nueve y media de la noche cuando cientos de jóvenes saltaron al ruedo para levantar en hombros a su ídolo como un paso de palio para que recibiera el homenaje de una plaza embrujada a los gritos solemnes de ‘torero, torero’. La Puerta Grande se abrió de par en par por vez primera en su larga carrera después de dictar dos lecciones de orfebrería taurina y cautivara a un público que en distintos momentos se sintió sobrecogido, cautivado y enajenado ante el embrujo mágico del artista.
Pero, qué pasó…
El primer instante de la corrida fue el anuncio de un derroche de armonía. Morante, vestido de negro, capote en las manos, espera en el tercio a su primer toro, colorado de capa, precioso de hechuras, cómodo de cara, que, no quiso saber nada del hombre que lo llamaba con voz silenciosa. La insistencia permitió que brotaran hasta cuatro verónicas, excelsas las dos últimas, un par de delantales y tres chicuelinas sencillamente perfectas. Y todo ello antes de que el animal acudiera al caballo y dejara alto el pabellón de su estirpe.






