La tauromaquia actual, abarrotada de público en Sevilla y Madrid, y más divertida que emocionante, corre el serio peligro de morir de éxito

Lo sucedido el pasado domingo en la plaza de toros de Sevilla —inauguración de la temporada, cartel de no hay billetes, una tarde radiante, un público enfervorizado, una presidencia contaminada, toros anovillados, nula exigencia, trofeos de tómbola pueblerina, pero todo muy divertido y bien regado con gin tonics con hielo y a precio abusivo (“un día es un día, compadre…“)— debiera llamar la atención de los taurinos, si es que aún queda alguno a quien le preocupe el curso de esta fiesta de toros (la Fundación Toro de Lidia, no, que esta no entra en asuntos profesionales…) y el porvenir de la misma.

La corrida del Domingo de Resurrección en La Maestranza fue un éxito de público y de taquilla. Un éxito para el nuevo empresario, José María Garzón, que ha conseguido que Morante de la Puebla se olvide de su retirada y le dé sentido y color a la Feria de Sevilla. Un éxito para la Real Maestranza de Caballería, propietaria del coso, que ha ingresado, como mínimo, el 22% de la facturación bruta en taquilla; y otro laurel para los gobernantes políticos andaluces, que dicen apoyar la fiesta y se sienten como peces en el agua en el burladero del callejón sevillano. Y todo ello adornado con la guinda del rey emérito, quien recibió a las cuadrillas después del festejo, como ya ocurriera en las corridas de la Beneficencia madrileña durante sus años de reinado.