En las dos últimas décadas, la economía catalana ha encadenado una sucesión ininterrumpida de desafíos. Desde el crack del ladrillo hasta la pandemia del Covid, pasando por la tensión sostenida del procés, las empresas y las instituciones han sorteado todo tipo de crisis. Pero estos 20 años también han demostrado la resiliencia de un tejido productivo que ha logrado mantener su liderazgo en el conjunto de España. En este tiempo, la economía catalana se ha vuelto más exportadora y más innovadora. Son buenos mimbres para encarar un (deseado) cambio de modelo hacia nuevos sectores productivos y un mercado de trabajo más cualificado.La época de los recortes

Estos veinte años empezaron con mal pie. En 2008, Cataluña se vio arrastrada por la grave crisis conocida como la Gran Recesión. El punto de inflexión se produjo a finales de ese mismo curso. Fue entonces cuando el doble efecto de la crisis financiera global y el pinchazo de la burbuja inmobiliaria se trasladaron a pie de calle. En el último trimestre de 2008, el desempleo superó el 11%, casi el doble que doce meses antes. Pero la situación aún empeoró. La parálisis de la construcción, que golpeó a las manufacturas y servicios vinculados al ladrillo, elevó la tasa de paro en Cataluña hasta su máximo histórico en el primer trimestre de 2013, cuando se alcanzó el 24,45%. Esto supuso que más de 900.000 personas se quedasen sin empleo en el momento más agudo de la crisis.