La llegada del siglo XXI ha traído consigo una revolución continua en el día a día de la actividad económica y empresarial. Mientras los avances tecnológicos han obligado a las empresas a adoptar cambios a velocidades hasta ahora desconocidas, el frenético ritmo de esos procesos se han visto acompañadas de crisis inimaginables. Los contrastes de las dos últimas décadas han puesto de relieve la resiliencia del tejido valenciano, que ha capeado una de las grandes crisis financieras de la historia, una pandemia de escala mundial y la mayor catastrófe climatológica en décadas.La fuerte expansión económica con que arrancó este siglo, gracias a un ciclo inmobiliario que parecía no tener fin, permitió abordar aventuras como los grandes proyectos públicos impulsados en la era Zaplana. La Ciudad de las Artes y de la Ciencias en Valencia, Terra Mítica en Benidorm y Ciudad de la Luz en Alicante vieron su continuación con la política de grandes eventos, como la Copa América de vela de 2007 y el Gran Premio de Fórmula 1 de Valencia financiados desde las arcas públicas.
Las elevadas expectativas puestas en esos grandes proyectos y eventos se vieron sacudidas por el crack del ladrillo. Dos de los bombazos que marcaron el cambio de ciclo en España tuvieron nombres propios valencianos. El hundimiento en bolsa en 2007 de Astroc, la empresa de Enrique Bañuelos que en unos meses llegó a valorarse en más de 9.000 millones de euros a la sombra de la ley urbanística valenciana, fue el primer aviso. Otro gigante del ladrillo valenciano, Llanera, protagonizaba la primera suspensión de pagos del sector y dejaba en el aire 700 millones de euros ese mismo año.







