La Comunitat Valenciana ha vivido en los últimos 20 años una fuerte transformación marcada por una tendencia imparable: la terciarización de su economía. Un fenómeno por el que el sector servicios ha seguido ampliando su peso en la estructura productiva de la región para convertirse en la columna vertebral de la actividad. Las cifras hablan por sí solas: en 2006 representaba el 66,5% del Producto Interior Bruto (PIB) autonómico y tras su imparable ascenso en estas dos décadas ha escalado por encima del 73%.Un cambio que también es muy visible en el día a día e incluso en el paisaje. Frente a la panorámica de grúas que poblaban prácticamente toda la costa de Alicante, Castellón y Valencia en la década de 2000, hoy la estampa que marca las calles de muchas poblaciones es la oleada continua de turistas, la expansión de viviendas turísticas en los bajos comerciales y la presencia de autocaravanas de toda Europa hasta en los pueblos con menos habitantes del interior.

El arranque del siglo XXI en la Comunitat estuvo marcado por las cifras récord en la inversión inmobiliaria y el ladrillo, cuyo ritmo de crecimiento situó el PIB por encima de los 100.000 millones de euros. Sin embargo, ese pilar se desmoronó con el estallido de la burbuja inmobiliaria, que marcó el inicio de una larga travesía por el desierto para la economía valenciana. La recesión posterior se extendió entre 2008 y 2014, con unos efectos especialmente devastadores por el peso que el sector había acaparado y por el contagio financiero a buena parte del tejido valenciano. La actividad constructora, que rozaba el 13% del PIB entonces, hoy representa prácticamente la mitad, aunque en el último año se ha reforzado por la necesidad de hacer frente a la reconstrucción tras la catástrofe de la DANA en la provincia de Valencia.