Venga, enséñame tus whatsapps. Abre el móvil, ahora, sin aviso previo, y déjame leer tus conversaciones, todas, íntegras, literales, sin aclaraciones ni contexto. Déjame leer lo que hablas con tu pareja, con quien no es tu pareja, con tu hermana hablando de tu pareja, con tu madre hablando de tu hermana, con amigos, con amigos hablando sobre otros amigos, con los compañeros de trabajo hablando de de la empresa, las bromas que ríes en el grupo de antiguos colegas del instituto, los chistes incorrectos, el humor negrísimo, los cotilleos y maldades, las pequeñas mentiras sin importancia y las grandes, las confesiones propias y ajenas, y el grupo que tienes contigo mismo y que usas para anotar tus cositas.

¿Hasta dónde me dejarías leer? ¿Qué mensajes querrías dejar fuera, cuáles borrarías ahora mismo si temieses su lectura? ¿Hasta dónde soportarías que los leyera yo, otras personas, los aludidos, cualquiera, todo el mundo, que se publicasen en prensa y reprodujesen en pantallazos en la tele? La respuesta es obvia: ningún mensaje. Cero. No hace falta ser un delincuente, ni un adúltero, ni un mal amigo ni un imbécil chistoso, para encontrar terrorífico que tus WhatsApp puedan ser leídos sin tu consentimiento. El WhatsApp es intimidad absoluta, intimidad profunda. Más íntimo incluso que tus búsquedas en Google o tus preguntas a ChatGPT, que tampoco querrías enseñar.