Es solo un ejemplo, pero es, probablemente, uno de los más simbólicos, en cuanto refleja con nitidez el final de una época. Alemania, a principios de este mes, fracasó en su intento de obtener un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde Europa Occidental tiene derecho a dos puestos. Portugal y Austria, por el contrario, sí lo lograron. En el caso de Portugal, sumó 134 de los 190 votos, mientras que Austria alcanzó 131. Berlín, únicamente, consiguió el apoyo de 104 Estados, poco más de la mitad. ¿Qué había pasado? Simplemente, una especie de rebelión general contra Alemania, poderoso miembro del G7, el grupo de países que durante décadas ha pretendido (y logrado en ocasiones) ejercer como líder global. A Alemania, en esa votación, le pasó factura su política exterior. O, expresado de otra forma, su defensa a ultranza de Israel frente a las matanzas en Palestina y Líbano, aunque había más. Mucho más. La rebelión vino de la mano de eso que se ha llamado el Sur Global, además de los otros bloques geopolíticos que se han creado en los últimos años al calor de un cierto desgaste de la globalización que el mundo ha conocido desde los años 90, en particular los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Y lo que reclama el Sur Global desde hace tiempo es un nuevo reparto del poder en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuya representatividad —más propia de 1945 que de 2026— hace tiempo que es anacrónica. Ni Francia ni Reino Unido —ni siquiera Rusia— son hoy las potencias coloniales que lo fueron antaño, salvo por su potencia nuclear. La votación, en realidad, era la materialización de una tendencia que viene de lejos. Cuando nació el G7 en 1973, auspiciado por George Shultz, el secretario del Tesoro de Nixon, la hegemonía mundial descansaba en EEUU y sus principales socios europeos, además de Japón. Esa influencia creció todavía más cuando, a finales de la década, el grupo se amplió a los siete actuales (EEUU, Canadá, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y la UE como invitada), reunidos estos días en Evian (Francia) en su cumbre anual. Cerca de la mitad Por entonces, en el año 1980, los siete grandes (G7) representaban el 51,9% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo (PPA), una medida que permite hacer comparaciones homogéneas. ¿Cuánto representan hoy? Pues, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), apenas el 27,9%. Es decir, cerca de la mitad, lo que sin duda refleja un cambio de época de indudable trascendencia que se manifiesta en una cifra impactante. La población del G7, algo menos de 800 millones de habitantes, supone hoy alrededor del 10% de la población del planeta. O, expresado de otra forma, el 90% vive en países ajenos a las antiguas superpotencias, cuya influencia va en declive a pesar de que sus miembros se empeñen en difundir imágenes del G7 tan vistosas como para demostrar al mundo que todavía tienen un poder que, sin embargo, se ha venido erosionando con el paso del tiempo. El caso más significativo es, precisamente, el de EEUU, la superpotencia occidental, que, si en 1980 representaba el 21,6% del PIB del planeta en paridad de poder adquisitivo, lo que permite eliminar el efecto de los precios interiores, hoy apenas supone un 14,5%. El descenso de Alemania ha sido todavía más significativo (ha pasado del 6,9% al 2,8%), mientras que Japón y Francia han hecho recorridos similares. Se puede decir, de hecho, que si el G7 se hiciera con criterios más rigurosos en términos de peso económico, deberían entrar países como India, Brasil, Rusia y, por supuesto, China, cuyo PIB representa el 19,8% de la producción del planeta. Es decir, ya claramente por encima de EEUU en poder de compra. España, sin ir más lejos, ha pasado de representar el 2,37% del PIB del planeta en 1980, al 1,34% actual. Es verdad que en las relaciones exteriores no todo pasa por el PIB, sino que influyen otras variables, como el gasto militar o la tecnología. O, incluso, un intangible como es el valor político de la democracia por su capacidad para irradiar convivencia, pero aun así algo está cambiando sin que las grandes potencias de antaño quieran verlo. Algo que explica la permanencia de las reuniones anuales del G7, que tienen hoy más que ver con el 'marketing' político que con la existencia de un poderoso club donde se decide el futuro del mundo. La metáfora de este año lo representa, de hecho, que el G7 se haya reunido en el lujoso balneario de Évian-les-Bains, el mejor símbolo de la acelerada decadencia de la vieja aristocracia de Occidente. Es como si el G7 quisiera rememorar algo parecido al viejo mundo de ayer de Stefan Zweig. Y lo que ha cambiado, precisamente, es el desplazamiento hacia Asia-Pacífico del núcleo del planeta. Emergen nuevas potencias medias regionales, pero, sobre todo, nuevas políticas de alianzas que se explican, en parte, por la nueva globalización, y que amenazan al viejo orden que representa el G7. Si antes no eran necesarios acuerdos comerciales bilaterales porque se entendía que los países aceptaban las reglas del libre cambio de bienes y servicios, ahora los países, ante la beligerancia de EEUU en materia arancelaria, están tejiendo nuevas alianzas que conforman bloques que desafían directamente al hegemón. El viejo orden Paradójicamente, el creador del G7 —EEUU— es quien está cuestionando el viejo orden multilateral, incluyendo al propio Grupo de los Siete, donde, más allá de las fotografías de rigor, se adoptarán pocas o ninguna decisión. Entre otras razones, porque hay un mar de fondo que afecta incluso a la OTAN. Lo ha dicho sin tapujos en 'Politico' Jordan Bardella, el candidato de la extrema derecha francesa, también el mejor colocado ante las elecciones presidenciales del próximo año. "Soy un soberanista francés. Defiendo la libertad de mi país. No estamos a favor de abandonar la OTAN. Pero sí estamos a favor de abandonar el mando integrado para recuperar margen de maniobra y la libertad y la independencia en asuntos diplomáticos y militares". El único límite temporal es que esa decisión no se tomará mientras dure la guerra en Ucrania y Kiev no tenga garantías de seguridad. En paralelo, y por si esto fuera poco, Washington atosiga a Europa con Groenlandia y a Canadá mediante viejas tentaciones expansionistas. Probablemente, como un mecanismo de defensa estratégica ante el empuje de China, que nunca ha sido invitado al G7. Rusia lo fue, pero fue expulsada tras la anexión de Crimea, lo que a la postre ha servido para acercar a Moscú y Pekín en una alianza que marca un antes y un después en la hegemonía del mundo por su influencia sobre el Sur Global. Hasta Corea del Norte, un país cerrado a cal y canto durante décadas, se está acercando al enjambre de países que amenazan el poder de Occidente en los términos que el mundo ha vivido desde el fin de la Guerra Fría. Europa, de hecho, está atrapada entre las dos superpotencias, y no es de extrañar que el anfitrión del G7, Emmanuel Macron, antes de la cumbre, invitara a una videoconferencia a representantes de China, India, Brasil, Corea y Kenia para debatir "los desequilibrios macroeconómicos y la gobernanza económica mundial". Fue más una llamada de cortesía —al presidente francés le gusta ser el perejil de todas las salsas— que un intento de reinventar el G7, hoy casi amortizado en términos geoestratégicos. El círculo de amigos de China Y es que Macron sabe, como sostienen los analistas del Instituto de Estudios para la Seguridad Europea (EUISS, por sus siglas en inglés), que Xi Jinping viene abogando desde hace tiempo por la ampliación del círculo de amigos de China. Al menos, desde finales de 2018, es decir, dos años después de que Trump asumiera la presidencia de EEUU. Precisamente, porque Pekín es consciente de que sin nuevos socios no puede lograr su ambición de superar a EEUU globalmente, por lo que necesita contar con el apoyo de un gran número de países en todo el mundo, algo que explica que la diplomacia china invoque con frecuencia el concepto de "acceso colectivo del Sur Global". Pekín y Moscú, es más, han impulsado con éxito la expansión territorial de los BRICS y su presencia es cada vez más diligente en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y otros foros informales de economía y seguridad creados en los últimos años para ayudar a desarrollar economías con graves dificultades, pero, en muchos casos, grandes proveedores de materias primas y minerales críticos. TE PUEDE INTERESAR Lo que promete Pekín es cooperación tecnológica y financiera, justo lo contrario de lo que hace EEUU, con una visión exterior más autárquica que contrasta con las necesidades de medio mundo. El G7, pese a lo que ha cambiado el planeta, continúa siendo un club cerrado en el que Washington tiene la bola negra que le permite vetar la entrada de nuevos socios. ¿El resultado? Mientras una parte del mundo amplía sus alianzas, el G7 aparece como una reliquia del pasado. Normal que se reúna en un balneario.