La falta de resultados mínimamente concretos y la ausencia de un comunicado conjunto en la cumbre del G-7 celebrada esta semana en Kananaskis (Canadá) es un buen ejemplo del nefasto momento que atraviesan las iniciativas multilaterales pese a que el contexto bélico global las hace más necesarias que nunca. Los líderes de las principales economías del mundo (a excepción de China, que no forma parte del grupo) han sido incapaces de ponerse de acuerdo respecto a temas tan perentorios como la invasión rusa de Ucrania o el comercio internacional. La aprobación de apenas unas líneas sobre las hostilidades entre Israel e Irán es el exiguo resultado del encuentro. El desconcierto y la división son muestra del estado en el que se encuentra un foro que antaño estuvo entre los más decisivos. A ello ha contribuido de manera especial el desprecio mostrado por el presidente estadounidense, Donald Trump, que abandonó precipitadamente la reunión para, aseguró, seguir desde Washington la crisis militar en Oriente Próximo.
La marcha de Trump tuvo un triple efecto. En primer lugar, dejó al G-7 sin el mandatario del país más influyente, lo que rebajó sustancialmente las expectativas de la reunión. En segundo término —y en un nuevo gesto de arrogancia hacia el presidente ucranio— plantó a Volodímir Zelenski, que horas antes había despegado de Kiev bajo un intenso bombardeo ruso solo para reunirse con su homólogo estadounidense. Por último, encendió todas las alarmas ante la expectativa de una inminente intervención de Estados Unidos en el conflicto irano-israelí.













