El G7 naci� como reuni�n de m�ximos mandatarios de las econom�as -entonces- l�deres que, sin la liturgia de los encuentros multilaterales, aspiraba a orientar el curso de la humanidad. Transcurrido medio siglo, el grupo ya no dirige el planeta pero mantiene algo valioso: congrega a democracias liberales de peso cuando desequilibrios, conflictos, rutas mar�timas, energ�a, tecnolog�a y dependencias evidencian confusi�n y desbarajuste.La primera conferencia se celebr� en formato de seis -Rambouillet, noviembre de 1975-. Val�ry Giscard d'Estaing y Helmut Schmidt quisieron juntar a Francia, Alemania, Estados Unidos, Reino Unido, Italia y Jap�n para afrontar la crisis abierta por la inflaci�n con recesi�n, originada por el shock petrolero de 1973 y la suspensi�n en 1971 de la convertibilidad del d�lar en oro, medida que rompi� la piedra angular de la estabilidad monetaria occidental de posguerra. Canad� se incorpor� en 1976, completando el G7.En esta edici�n, junto a sus miembros y las instituciones europeas, Francia convoc� a Brasil, Corea del Sur, Egipto, India y Kenia; se sumaron tambi�n Australia, Ucrania y actores destacados del Golfo (Emiratos �rabes Unidos y Qatar). No fue un gesto decorativo. Hoy, la organizaci�n no puede hablar del entramado mundial como si el "Sur Global" fuese un p�blico al que se informa despu�s de los acontecimientos.El G7 no es un directorio (tampoco lo era cuando lo parec�a). Aun as�, puede resultar �til al representar todav�a un porcentaje abultado de la econom�a, la tecnolog�a y la seguridad internacional. Propicia que siete democracias liberales occidentales que comparten principios fundamentales dialoguen con menos ceremonial y m�s conciencia de lo que est� en juego: que el poder debe quedar acotado por reglas y que el intercambio, cuando no se muda en arma, auspicia prosperidad.�vian no nos devuelve, pues, a Rambouillet. La comparaci�n ilumina por contraste. En 1975 Occidente gestionaba una crisis dentro de un sistema que segu�a dominando. En 2026 procura conservar cohesi�n en un orden fragmentado, en tanto sus adversarios tantean su robustez y resoluci�n. Oriente Medio provoca tensi�n, Asia ya no figura como promesa fabril o extrarradio din�mico, y la seguridad irrumpe en los rincones m�s remotos de la econom�a.Ese es el contexto de la �ltima tenida presidida por Macron.La sorpresa fue Donald Trump. No porque diera indicios de abrazar el multilateralismo ni de redescubrir las virtudes del atlantismo cl�sico. Simplemente porque no quebr� la cumbre: permaneci� hasta el cierre, mantuvo una actitud relativamente comedida y no bloque� las declaraciones. Para una instituci�n que sufri� la fractura clim�tica de Taormina en 2017, la retirada de Washington del comunicado final de Charlevoix en 2018 y el texto vac�o de sustancia de Biarritz en 2019, estas manifestaciones no carecen de relevancia. M�s despu�s de lo ocurrido en 2025, cuando el 47� presidente abandon� el c�nclave en Canad� aduciendo la escalada entre Israel e Ir�n. Por eso, la normalidad de �vian, aunque limitada, tiene un valor pol�tico significativo.Los europeos jalearon la negociaci�n con Ir�n antes de publicarse sus t�rminos. Acogieron el arreglo como oportunidad y ofrecieron apoyo para su implementaci�n. Hab�a c�lculo en esa acogida. Trump llegaba a �vian con un acuerdo impreciso -que acab� rubricado en Versalles- y necesitaba el aplauso occidental para difuminar su naturaleza de transacci�n marcada por la debilidad estadounidense. Europa, por su parte, ganaba espacio para discutir conceptos fundantes del orden internacional: la circulaci�n sin trabas, Ucrania y las condiciones de una paz que no se confunda con una pausa.As�, Ucrania ocup� lugar importante en la agenda de �vian, incluyendo la simb�lica conversaci�n entre Trump y Zelenski. La invasi�n rusa ha corrido el riesgo de transformarse, por raz�n del Golfo, en una contienda europea de segundo plano. Ucrania ha invertido esa percepci�n. De pa�s exhausto y gravoso para sus socios, se ha erigido en laboratorio de la guerra contempor�nea y, en algunos �mbitos, en proveedor de seguridad.Su maestr�a con drones, interceptores, electr�nica, innovaci�n y log�stica ha alterado la relaci�n entre quien auxilia y quien es auxiliado. Los pa�ses del Golfo, tan ambiguos respecto de Rusia, han comprobado que Ucrania posee conocimientos eficaces para vencer las embestidas iran�es. Kyiv recibe armamento, pero aporta operatividad, especialistas y soluciones acreditadas en combate. Ya no es s�lo destino de asistencia; es uno de los escenarios donde se inventa c�mo defenderse en el siglo XXI sin disponer de los recursos de gran potencia.El porvenir de la lucha patri�tica exige, no obstante, cabeza fr�a. Rusia es mucha Rusia: una federaci�n-continente con una industria militarizada y disposici�n para absorber p�rdidas que habr�an obliterado a otros Estados. Sus problemas son de envergadura; la econom�a se agosta, el coste humano es enorme y la reposici�n de efectivos se complica. Las cr�nicas ucranianas estiman en 35.000 las bajas mensuales. Putin, que ha evitado hasta ahora una movilizaci�n general que obligar�a a mandar al frente a los hijos de las clases medias de Mosc� o San Petersburgo, contempla por primera vez la dificultad de reponer la carne de ca��n.La carga recae de forma desproporcionada sobre regiones pobres, rep�blicas perif�ricas y minor�as �tnicas: buriatos, tuvanos, daguestan�es o habitantes de la Siberia profunda. Ese mecanismo no puede prolongarse indefinidamente, pero tampoco autoriza a dar por derrotada a Rusia. Mosc� conserva latitud para convertir el pr�ximo invierno en prueba decisiva. Lleva la ofensiva al coraz�n de la convivencia, ceb�ndose no s�lo con centrales, sino con subestaciones, redes y medios de reparaci�n. Ucrania responde con generaci�n distribuida, equipos m�viles, bater�as, ingenio y resiliencia para impedir que las incursiones contra objetivos civiles conviertan la oscuridad en instrumento de rendici�n.�vian plasm� ese diagn�stico en compromisos de m�s defensa a�rea, capacidades de largo alcance, colaboraci�n con las empresas ucranianas y respaldo para atravesar el invierno. Pero estos logros no ocultan la contradicci�n de fondo. Mientras el G7 declaraba su amparo a Ucrania, Estados Unidos segu�a reordenando su presencia militar en esta orilla del Atl�ntico. La anulaci�n del despliegue previsto de un batall�n de misiles Tomahawk, el recorte de aviones de patrulla mar�tima, aparatos de repostaje e inventario naval, o la reubicaci�n de F-16 no son meros ajustes t�cnicos. Son la expresi�n material de que la prioridad americana no est� en Europa.Washington da se�ales de retomar una postura menos sesgada con Kyiv y endurecer sanciones a Rusia. Sin embargo, su atenci�n est� dividida entre Oriente Medio, el Indo-Pac�fico, China, su frontera sur y la recuperaci�n de su base industrial. Europa no puede eludir esa realidad. Estados Unidos no ha dejado de ser indispensable, pero hemos pasado de la disponibilidad autom�tica a la desconfianza justificada.La cumbre ha mostrado -sin ampulosidad, pero con realismo- que el G7 conserva vida y utilidad, no como club ostentoso de superioridad, sino como n�cleo capaz de coordinarse para encauzar la dislocaci�n del mundo.