Uno de los grandes asuntos de la agenda de los líderes del G7, el poderoso grupo de siete de las grandes economías globales, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido, junto con la Unión Europea, que se reúnen este martes y miércoles en Évian-les-Bains (Francia), serán los “desequilibrios macroeconómicos”. Es una etiqueta que esconde un único tema: cómo hacer frente al reto comercial que presenta China. Emmanuel Macron, presidente francés, ha convertido el asunto en una de sus prioridades en la presidencia gala del G7. Los líderes mantienen una cena este lunes que una alta fuente comunitaria califica como “crítica”, porque durante la misma los líderes “hablan libremente”, sin orden ni jerarquía, lo que ayuda a intercambiar ideas y estructurar la conversación de los dos días siguientes de encuentro. En la cena, los líderes abordarán la sobrecapacidad china, la cuestión de Ucrania y Oriente Medio. Una crítica repetida en los últimos tiempos es que el foro, que nació en los años setenta representando al motor de la economía global, es crecientemente irrelevante ante la ausencia de China. Especialmente a medida que los retos planteados por Pekín juegan un papel central en el futuro de todos los miembros del grupo. Hay dos contraargumentos desde dentro del G7: el primero es que el grupo siempre se ha limitado a democracias, y el segundo es que no hay confianza alguna en que China tenga voluntad de resolver el problema. En todo caso, el Elíseo se planteó una invitación a Xi Jinping, presidente chino, de cara a la cumbre de este año, aunque finalmente no se materializó. Opinión Incluso así, París ha intentado buscar una ventana de diálogo directo con el gigante asiático. Macron organizó una videollamada entre miembros del G7 y China el pasado 12 de junio. Participaron Mark Carney, primer ministro de Canadá, y Friedrich Merz, canciller alemán, solamente tres líderes, pero que están jugando un rol central en el cambio de posición de algunos de los miembros del grupo respecto a los riesgos chinos. En Pekín fue Zhang Guoqing, viceprimer ministro chino, sin responsabilidad directa sobre Comercio. Aunque París considera que es una buena señal de compromiso diplomático, el tono es pesimista. Y ahí es cuando el G7 se convierte en un grupo de coordinación ante China. Si Pekín no muestra un interés real en resolver sus profundos desequilibrios, que inundan los mercados globales de exportaciones muy baratas gracias a los subsidios y a un renminbi que no se aprecia, no hay demasiado que hablar. De hecho, si se observa la agenda, que incluye abordar la guerra en Ucrania, la situación en Oriente Medio tras el reciente acuerdo entre EEUU e Irán, la crisis de ébola o la inteligencia artificial, China puede ser el único asunto que realmente acerca más de lo que separa a la Casa Blanca de sus socios europeos. Sin embargo, sigue sin haber un frente común. Todo apunta a que las cuestiones sensibles, entre ellas la de China, se incluirán en una declaración de la presidencia francesa del G7, y no en la declaración conjunta de los líderes, exactamente igual que ocurrió hace un año en Canadá, cuando los desequilibrios comerciales provocados por China ya dominaban buena parte de las discusiones. “Hay consenso respecto a los desequilibrios, lo importante no es tanto nuestro análisis, en el que estamos generalmente de acuerdo, sino cómo lo abordamos”, explica una fuente implicada en las negociaciones del G7, que ha señalado que hay un especial interés en escuchar a la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, cuyo país está “bajo mucha presión” china. Una guerra comercial La sensación en Europa es que un conflicto comercial con China parece difícil de evitar. La Comisión Europea ha comenzado a trabajar en nuevas herramientas de defensa comercial, como un uso más extensivo de cuotas y salvaguardias, sabiendo que eso provocará represalias por parte de Pekín. Ursula von der Leyen, presidenta del Ejecutivo comunitario, ha defendido que haya “un intento de obtener un cambio de actitud” por parte del Gobierno chino, pero su equipo, liderado por Maros Sefcovic, comisario de Comercio y Seguridad Económica, está ya buscando formas de poner fin a un “déficit comercial insostenible”. Las exportaciones de China a la UE han crecido un 34% desde hace cinco años, mientras que las importaciones europeas al gigante asiático han caído un 13%. Técnicos, economistas, diplomáticos y eurodiputados advierten de que la situación es grave y de que las exportaciones chinas se concentran ahora en automóviles, maquinaria, fármacos y químicos, algunos de los elementos centrales de la industria europea. Un grupo de Estados miembros, comandados por Francia, ha solicitado a la Comisión Europea, a través de un documento de reflexión en el que no se cita directamente a China, un endurecimiento de la defensa comercial. Países Bajos y Lituania respaldan el documento, y el Gobierno polaco lo ha apoyado en las últimas horas, mientras que el Gobierno español, que inicialmente estaba en el grupo de países que trabajaron el documento, se ha echado atrás después de que este se filtrara. Alemania, históricamente contraria a tomar medidas que pudieran traducirse en represalias por parte de China, está comenzando a cambiar su posición, con Merz escuchando a un grupo de economistas y analistas que piden a Berlín que apoye la toma de medidas urgentes por parte de la Unión Europea. Unidos en las represalias Las razones que hacen que europeos y estadounidenses estén alertados por China no son las mismas. EEUU lo ve no únicamente desde un plano comercial, sino también desde una perspectiva estratégica. Sin embargo, todos los miembros del G7 están unidos por las represalias que Pekín toma ante aquellos que buscan reducir su dependencia del gigante asiático. Muchas de ellas tienen que ver con el control casi total por parte de China de las llamadas tierras raras y otras materias primas críticas (CRM). Incluso cuando las tensiones comerciales entre EEUU y sus socios europeos han llegado a límites sin precedentes, la Comisión y Washington han seguido trabajando en este ámbito. Pero incluso en este ámbito hay desconfianza y división. JD Vance, vicepresidente de EEUU, ya apuntó hace meses hacia una posible cooperación del G7 para buscar alternativas al suministro chino de minerales críticos, pero el plan, que está siendo planteado por Jamieson Greer, representante especial de Comercio de EEUU, está generando resistencias. Según el borrador que ha circulado, los precios se fijarían usando un sistema de inteligencia artificial creado por el Pentágono a través de su Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA). “Hay diferencias en cómo lo abordamos”, admite una fuente, que explica en todo caso que se buscan soluciones conjuntas porque es importante “lograr escala”. Esta cuestión ya fue central para la presidencia japonesa en 2023, que estableció un grupo de trabajo, y también en la cumbre de Kananaskis (Canadá) el año pasado. “Nosotros, los líderes del G7, reconocemos que los minerales críticos son los pilares de las economías digitales y energéticamente seguras del futuro”, señalaban en un comunicado conjunto en el que se anunciaba un plan de acción. El Atlantic Council, un think tank estadounidense, cifra en 80.000 millones de dólares la inversión necesaria para cubrir la demanda de minerales críticos en 2035.