Mientras el mundo se esperanza con la posibilidad de una próxima resolución a la crisis del estrecho de Ormuz, los efectos de la situación se siguen acumulando en los mercados. Con los inversores lidiando con el temor a una crisis energética y sus previsibles presiones inflacionarias –que ya se vienen haciendo notar desde hace meses–, los mercados de bonos se han convertido en uno de los termómetros más directos de la preocupación, con un repunte generalizado de las rentabilidades que, entre otras cuestiones, refleja la expectativa de una política más restrictiva por parte de los bancos centrales. De hecho, este jueves el BCE elevó los tipos de interés en la eurozona por primera vez desde 2023, advirtiendo de que los efectos de la crisis se harán más notorios en los próximos meses. Y el mercado aún espera que lo haga una o dos veces más este año. En este escenario, España también se ha visto arrastrada por la tendencia al alza de los costes de la deuda, reflejada en una sucesión de subastas en las que el Tesoro Público ha tenido que elevar los tipos de interés ofrecidos a los inversores. Una situación que ha provocado que el coste que debe asumir el Estado por su deuda, de media, haya alcanzado ya su nivel más elevado desde 2017. Según las estadísticas del Tesoro, el tipo de interés medio de la deuda en circulación se situó al cierre de mayo en el 2,406%, un nivel sensiblemente superior al 2,312% en que se movía al término del año pasado. En términos netos, y tomando como referencia el volumen de deuda en circulación actual, esto implica que el Estado debe afrontar actualmente una factura en intereses de 37.141 millones de euros anuales por los más de 1,5 billones a los que asciende su deuda. Si los tipos se mantuvieran al mismo nivel al que cerraron 2025, el coste en intereses de esa misma deuda sería de 35.689 millones, unos 1.452 millones de euros menos. Lo cierto es que la tendencia ascendente de los intereses medios que paga el Estado por su deuda se viene desarrollando desde antes de la guerra de Irán. Con una vida media de la deuda que roza los 8 años, el Estado viene reemplazando en los últimos años deuda emitida entre 2016 y 2018, cuando los tipos de interés en la eurozona eran del 0% (o incluso negativos) y el coste de financiarse en el mercado era mínimo. Mejora frustrada Sin embargo, resulta evidente que la situación generada por el conflicto en Oriente Medio ha acelerado ese encarecimiento de la deuda. Esto resulta especialmente notorio si se fija la atención en el coste efectivo de las emisiones celebradas en el año. Esta medida, que llegó a rozar el 3,5% en 2023, tras las fuertes subidas de tipos del BCE (para combatir, entonces, la escalada de precios propiciada por la salida de la crisis del covid y la guerra de Ucrania), había iniciado en los años posteriores un descenso agudo –favorecido por el cambio de rumbo del banco central–, hasta situarse en el 3,157% en 2024 y en el 2,697% el año pasado. Desde entonces, y especialmente a partir del inicio de la guerra, los tipos han vuelto a escalar de forma sensible, rozando ya el 3% entre marzo y mayo. Tras el reciente inicio de las subidas de tipos en la eurozona, ni siquiera la posibilidad de un próximo acuerdo entre EEUU e Irán parece alivio suficiente para evitar que los costes de la deuda sigan incrementándose en los próximos meses. Este viernes, cuando los inversores se esperanzaron con el anuncio de Donald Trump de que un acuerdo estaba cerca, el bono español a 8 años (la referencia que mejor se amolda a la duración media de la deuda española en circulación) registró una caída de sus rendimientos en el mercado secundario de cinco puntos básicos, hasta el 3,17%. Una cifra que, no obstante, se sitúa muy por encima del coste actual de la deuda española, lo que da idea del margen para que siga aumentando la factura. La mejor noticia para el Tesoro español es que este repunte del coste no ha representado un empeoramiento del riesgo relativo que perciben los inversores hacia la deuda del Estado. Aunque al inicio del conflicto de Irán la rentabilidad del bono español subió con más fuerza que la del alemán, transcurridos más de tres meses, la prima de riesgo entre ambos países se mantiene en torno a los mismos niveles que al cierre de febrero, ligeramente por encima de los 40 puntos básicos. Con Portugal, también se ha mantenido un diferencial estable, mientras que ha evolucionado mejor que la deuda de Italia y Francia. Mientras el mundo se esperanza con la posibilidad de una próxima resolución a la crisis del estrecho de Ormuz, los efectos de la situación se siguen acumulando en los mercados. Con los inversores lidiando con el temor a una crisis energética y sus previsibles presiones inflacionarias –que ya se vienen haciendo notar desde hace meses–, los mercados de bonos se han convertido en uno de los termómetros más directos de la preocupación, con un repunte generalizado de las rentabilidades que, entre otras cuestiones, refleja la expectativa de una política más restrictiva por parte de los bancos centrales.