Quedo para cenar con una de las personas que más quiero en el mundo: nos unen muchos años de amistad repletos de viajes y locuras (y detenciones), varias pasiones compartidas y, sobre todo, un amigo común muerto repentinamente. Solo por esto, nos dijimos algún día aunque él quizá no lo recuerde, nos vamos a querer siempre, aunque él no deje de expresar su deseo de fusilarme en cuanto la democracia caiga: porque estamos unidos por algo imperecedero, algo que vivirá siempre porque ya ha muerto.Mi amigo es uno de los hombres con más cultura y capacidades que conozco. También es una de las personas que más repudio políticamente. Por supuesto, esto último es secundario y ni me va ni me viene: el amor no va de leer programas electorales, y si va, a veces ya es demasiado tarde. Tiene la primera virtud de todas: es divertidísimo. El caso es que, esa noche, mi españolísimo amigo me contó su apasionado deseo de que España perdiese cuanto antes y de la peor manera. Sospecho que mi amigo odia a la selección española por los mismos motivos que a mí me resulta simpática: no tiene a ningún jugador del Madrid, juegan un par de negros buenísimos sin pureza de sangre patria y va convocado Gavi, que es como un cochito teledirigido con el mando roto, cosa que me alegra porque nos recuerda lo cerca que hemos estado todos de jugar un Mundial.¿Van los españoles con España? Muchos patriotas no, cosa lógica porque entre España y Estados Unidos y entre España e Israel, suelen elegir el extranjero. Ser patriota en España es una profesión complicada de cojones. Uno piensa que es ponerse una pulsera, pero qué va: hay que afiliarse al enemigo. La cena con mi amigo fue provechosa porque me vi defendiendo algo que ya perdí: el forofismo con la selección. Fui un niño y un adolescente para el que la selección era casi tan importante como el Real Madrid. Y sus eliminaciones eran especialmente traumáticas, terribles. 2010 lo celebré muchísimo, aunque ya no era el que hubiera empeñado su vida por ganar USA 94. Poco a poco, sin más explicación que la biológica (creo), España me ha empezado a dar bastante igual. Quiero que gane el Mundial, celebraré los goles sin romperme ningún hueso saltando, y si pierde, no habrá demasiada pena. No es política: es que me hago viejo, mi corazón se estrecha y ya solo cabe un equipo. Pero eso qué más da.Todo esto me llevó a pensar en la relación que los españoles tenemos con la selección de fútbol, es decir: los 26 elegidos del deporte más popular del mundo para representar a tu país. Una relación, como la que tenemos entre nosotros, ciertamente esquizofrénica. Mi amigo no porque es superdotado, y sé que no lo hará, pero el resto de patriotas desvinculados emocionalmente de la selección no podrán impedir algo: celebrar un gol de España. Es una anomalía tal que nadie puede sustraerse a esto, y aquí está el quid del Mundial y hasta de la patria: podemos fingir que no está, pero si te pinchan, saltas. No pretendas nunca odiar a un equipo al que amaste antes. Y así con las personas también. Puedes hacerte el descreído, el adulto y hasta el analista geopolítico, pero en cuanto la pelota entra por la escuadra, descubres que sigues siendo el mismo imbécil feliz de siempre.
Querer tímidamente que gane España y otros vicios
Los patriotas desvinculados emocionalmente de la selección no podrán impedir algo: celebrar un gol de España. El poder del fútbol es inimaginable
Españoles rechazan su selección pero celebran involuntariamente sus goles: la identidad tribal vence la lógica consciente. Para CTO: el comportamiento humano tiene anomalías neurobiológicas que ningún framework de governance puede eliminar.














