Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.Madrid, 12 de junio de 2026Granjuán, creo que te ví.En realidad, no creo; estoy seguro de que te vi, sólo que quizá no como individuo sino como parte de esa multitud que se veía en la pantalla o, incluso, en el estadio Azteca. Te vi, estabas ahí, entre los tuyos y los suyos, y te volví a envidiar. Tenemos que aprovechar lo que nos quede de este momento de transición en el infantinismo futbolero: todavía necesitan seres humanos en las tribunas. En el estado actual de la técnica somos la mejor escenografía para el espectáculo que ofrecen –recuerda los pálidos partidos de la pandemia– y, ya que están, nos cobran fortunas. Estoy convencido de que pronto reemplazarán el engorro de manejar a 60 o 100.000 personas, los controles, las policías, los barrenderos, los incidentes, por imágenes de IA que mostrarán hinchadas irredentas coreando sus cantitos al borde del ultraje en el idioma de cada país donde lo veamos, e incluso los espectadores que queramos: Brad Pitt morrreándose con Sofia Loren, por ejemplo, cuando el show empieza a aburrirnos.Para eso son cada vez mejores: paladines del tedio con moñito. El pre-partido se hizo interminable, con toda esa pompa y circunstancia y el desfile convulso de pacientes que exhibían sus cirugías junto a esa nueva raza de cantantes que sólo emiten sus gruñidos cuando logran atrapar sus genitales y oprimirlos. Y después todos esos jugadores de verde y de amarillo peloteando –pelotudeando– en el césped: ¿recuerdas, Granjuán, cuando los futbolistas eran seres realmente superiores que sólo salían al campo a último momento, como los dioses cuando bajan a este bajo mundo?Pero todavía debían asumir su función de vanguardia patriota, juntar los pies, hinchar las tetas y lanzarse a gritar gritos de guerra, de esos que llaman himnos. Son curiosos los himnos: piezas arqueológicas que seguimos cantando como si nos representaran cuando el mundo que las parió se terminó hace mucho. De pronto la plácida llanura del Azteca se volvió un festival de espadas, cañones y explosiones: que hay “un soldado en cada hijo de dios”, cantaban los millones de ciudadanos de un país que lleva un siglo sin entrar en guerra ni creer en dios –pero suponen que esa canción los representa.La confusión reinaba, así que decidieron patear de una vez por todas la redonda. Sudáfrica no tardó nada en confirmar que lo suyo no es el fútbol. Es curioso lo que hizo el Imperio Británico en sus dominios: llevó el balompié a todo el resto del mundo pero a los suyos les entregó sus deportes favoritos, y así Sudáfrica, Nueva Zelanda y Australia juegan al rugby, Pakistán y la India al cricket, Estados Unidos a las invasiones.La confusión fue breve: antes de los diez minutos los africanos ya habían cometido todos los errores necesarios para que un mexicano pateara mal al arco y sin embargo convirtiera. El goleador fue un tal Julián Quiñones, que parece un ejemplo de algo: nació en Magüí Payán, Colombia, juega en Khobar, Arabia Saudí, y, por supuesto, representa a México. Aquella idea del mundial como refugio de las patrias se desarma en un san Tiamén.Aunque no creo que esa sea la intención de esta gente. Por momentos sospecho que este mundial de 48 equipos está pensado como un cuento moral que nos confirma que la desigualdad domina, que es la forma del mundo en que vivimos. Que todos los utopiados del planeta podemos esperar que Cabo Verde venza a España pero que pronto la realidad nos va a poner en nuestro sitio.Sí, nuestro sitio. Qué bonito, Granjuán, cuando sabíamos cuál era nuestro sitio, cuando teníamos un sitio. Ahora tú y yo y tantos más vivimos en esta especie de barro patinoso donde seguimos deslizándonos de culo hacia ninguna parte. También por eso, supongo, un Mundial nos conforta: aquí hay un orden, y más orden habrá dentro de un mes y medio cuando cada quien quede en su lugar.Y ahí sí que ni idea. Ya tú sabes: las predicciones patinan más que el barro. No creo que te sorprenda si te digo que periodistas varios ya me preguntaron varias veces quién será la sorpresa del Mundial. La idea es curiosa: te piden la crónica de una sorpresa anunciada, intentan arruinarla. Yo en general pongo cara de sorpresa y no les digo nada pero sigo dando vueltas al asunto: aunque no lo creas soy así, un as para simular que no me importan las cosas que realmente me importan. Y ahora creo que la gran sorpresa de este Mundial podría ser Messi. ¿No sería maravillosamente sorprendente que el abuelo que llevan a tomar el fresco y echar alpiste a las palomas de pronto salga corriendo y ya nadie lo alcance? Una corrida tipo aquel viejo mito que los fenicios llamaban Carlitos Chaplin, la carrera imparable del viejito al que todos miraban con un deje de desdén y entonces, cuando por fin nadie lo espera, podría terminar de hacer historia.Quizá recuerdes que al principio del Mundial pasado te dije que la gran ventaja de Messi era que Maradona ya no estaba allí. Yo no lo recordaba pero lo leí: “(la ausencia del D10S) tiene, como todo, sus pros y sus contras. Por un lado, Messi ya sabe que, aunque gane, Maradona nunca lo sabrá: ya nunca podrá decirle soy tu par, te gané, papá, creías que eras único, LTA. Pero eso lo libera: ya no tiene que jugar para el Otro, contra el Otro; puede jugar para él, para sus compañeros, para todos nosotros: puede jugar, jugar, jugar”.Le resultó, jugó jugó jugó, se sacó el gran peso de su vida, completó su carrera, se compró un tiempo compartido en el Olimpo. Y ahora se diría que también él, como entonces el Diego, juega desde el más allá: ya está amortizado, no necesita nada, nadie espera gran cosa de él; si esta no es la situación perfecta no sé cómo sería.Son tonterías, especulaciones: todavía falta incluso para ver cómo camina en una cancha. Y, por más bobadas que digamos, lo importante sigue siendo aquello: que estabas en el Azteca y yo, aquí en mi sierra, te miraba: que te ví por tevé, te tuve ahí.No sabes la emoción.Abrazote,m.
Te ví por tevé, te tuve ahí
Estoy convencido de que pronto reemplazarán el engorro de manejar a 60 o 100.000 personas, los controles, las policías, los incidentes, por imágenes de IA que mostrarán hinchadas irredentas coreando sus cantitos















