Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EE UU, México y Canadá.No lo puedo creer, Granjuán, no lo puedo creer. Antes que nada, antes que las palabras, está esta sonrisa que me baila en la boca y no se borra: qué raro que uno pueda sentir esta alegría por algo tan lejano, tan ajeno, tan adentro.Es que estos partidos de Argentina parecen diseñados por un guionista, con perdón, muy hijo de puta. Uno que tiene todos los poderes, sabe todos los trucos y no para de inventarse otros para hacernos sufrir de alguna forma nueva.Así que así fue. Otra vez estábamos perdidos pero no perdimos; otra vez el mito del sufrimiento y la épica argentinos se reforzó con una noche bastante inolvidable. Acabas de verlo: el primer tiempo fue un intercambio de golpes y patadas y miradas de agarrame que lo mato. Los ingleses, ahí, parecían mejores: amenazaban, atacaban, no concretaban pero, enfrente, los argentinos no conseguían armar nada.Ahora el triunfalismo nos lo hará olvidar pero fueron 50 minutos de zozobra con un equipo que no sabía por dónde salir, que no conseguía abrir la cancha, donde el gran capitán perdía casi todas. Así que, a los 10 minutos del segundo, el gol de Gordon pareció una lápida: si el partido seguía en la misma tónica iba ser muy difícil que la Argentina, que todavía no había pateado al arco, pudiera remontarlo.Pero fue entonces cuando todo cambió porque, como bien sabes, el pueblo nunca se equivoca. Y menos todavía se equivocan los pueblos, tantos pueblos del mundo que, en estas últimas semanas, han decidido que el fútbol argentino es pura trampa, que lo acunan todos los poderes, que se vendió por un plato de lentejas –con el calor que hace en Miami. Es muy impresionante: esta tarde, por ejemplo, me llamaron de una revista francesa para ver si tenía alguna hipótesis sobre por qué, de pronto, todos piensan que la Argentina se volvió la mantenida de los malos. Ayer, desde Italia, un amigo me contó que mi país ahora se llama Argenfifa. Yo me reía: si sólo supieran qué significa fifa en argentino.Pero ahora debo reconocer que una vez más tenían razón: los pueblos, te decía, esos que nunca nunca. Esta noche quedó violentamente claro: cuando ya parecíamos perdidos, cuando ya estábamos perdidos, la llamada del pérfido Infantino se escuchó en el banco de Inglaterra y su técnico –claro, un alemán– obedeció las órdenes: llenó su equipo de defensas, los metió bien atrás, los aterró so pretexto de cuidar el golcito.Argentina, faltaba más, aprovechó. Ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es un inglés, cantaban como siempre las tribunas, y los jugadores de camiseta azul no lo podían creer y lo creyeron: Inglaterra se había vuelto cobarde, encerrados todos en su área, cara de susto, y los muchachos lo entendieron, y mordieron. Últimamente no jugaron tan bien, pero tienen talento y si les regalan la cancha saben cómo usarla. Empezaron a abrir el juego por las puntas –derecha, sobre todo– y a pelotear el área inglesa con centros para cabecear. Parecía un chiste malo: cuando el fútbol inglés era inglés eso era todo lo que hacían; ahora, a duras penas podían defenderse.Estaban asustados. Ya viste el primer gol, el de Enzo Fernández: seis o siete ingleses amontonados en su área, con miedo de que avanzara Messi, le dieron todo el tiempo de preparar su pegada perfecta. Pero las órdenes eran tajantes y no incluían el empate: había que poner a la Argentina en la final.Así que los ingleses siguieron en su área, avasallados: las pelotas empezaron a pegarles en los palos y su arquero se probó la corona de laureles. Se ve que le quedaba grande: se le cayó unos minutos después, cuando Lautaro, muchacho no muy alto, le cabeceó a dos metros del arco entre dos grandotes de dos metros. Prefiero no contarte cómo lo gritamos.Quizás recuerdes una vieja película francesa de los años 50: se llamaba El salario de miedo y era dura y el título era casi inmejorable. O creemos en la maniobra de Infantino o habrá que reconocer que la Argentina acaba de cobrar ese salario: gracias al miedo inglés estamos otra vez en la final del mundo. Es una suerte de justicia poética, y es también una suerte: este domingo jugamos contra España esa “finalísima” que ninguno de los dos quiso jugar hace unos meses. No hay –no puede haber– pronósticos. Mi mayor esperanza de triunfo está en la prensa: espero que los jugadores españoles lean todo lo que sus medios están diciendo sobre ellos, y lo crean. Si lo hicieran saldrían tan agrandados que no sería difícil achicarlos. Me parece improbable: sospecho que ellos saben. Así que habrá que hablar otra vez con Infantino –o quizá directamente con su jefe– a ver cómo lo arreglan.Te dejo, mi querido. Sé que ya estás mucho mejor, y todo se hace mejor por eso. Perdóname esta carta así, a las apuradas: he gritado bastante, estoy cansado. Si quieres, si te animas, cuéntame quién querrías que ganara el domingo. Pero trata de ser convincente porque, al fin y al cabo, tú también cargas la nacionalidad de tu padre y mi padre.Sísifo entonces.Te abraza,m.
El que no salta es un inglés
Otra vez estábamos perdidos pero no perdimos; otra vez el mito del sufrimiento y la épica argentinos se reforzó con una noche bastante inolvidable















