Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá. México, 13 de junio, 2026Martín querido:Mencionas un tema que acompaña al fútbol desde los tiempos en que los balones eran de cuero y los porteros usaban boina: el sentido de pertenencia. El equipo o la selección representan algo de ti mismo. Antes, el jugador pertenecía al barrio. En los años cuarenta, Ángel Labruna anotaba con la puntualidad que sólo puede tener el hijo de un relojero. El negocio del padre estaba en La Heras 2800, cerca de la cancha de River. Desmontar engranes y desmontar defensas era asunto de familia. Pedirle al viejo Labruna que arreglara un despertador era una forma de anticipar lo que su hijo haría con La Máquina de River. Menciono al archienemigo de Boca, club del que eres biógrafo, para mostrar que incluso los enemigos tienen identidad. La inauguración del Mundial en el Estadio Azteca alcanzó todos los niveles del paroxismo emocional. ¿Se puede estar orgulloso de un país al borde del desastre? México existe para practicar esa contradicción. Nuestro lema podría ser: “Nos vamos a la chingada, pero somos a toda madre”. Cantar el himno o Cielito lindo, hacer la ola, aventar por los aires sombreros de cartón y besar al vecino de asiento cuando anota el Tri son signos de identidad en una nación donde incluso los perros tienen puesta la camiseta verde.Nuestro entusiasmo no depende del marcador ni de la evocación de hazañas previas (que, por otra parte, nunca existieron), sino del milagro de estar juntos (y de preferencia apretados). La explosiva pasión por la fiesta sólo requiere de un motivo: nosotros mismos. La victoria de 2-0 ante la débil Sudáfrica, con un árbitro que entendió nuestras necesidades y expulsó a dos rivales, desató una alegría que sería desproporcionada si sólo tuviera que ver con lo ocurrido en la cancha. La verdadera causa es otra: ser mexicano es una exageración emocional.Te sorprendió, con razón, que el mejor de los nuestros fuera Julián Quiñones, nacido en Magüí Payán, Colombia, y que acaba de ser campeón de goleo con el Al-Qadisiyah de Arabia Saudita. Llegó a México a los 17 años y se formó en nuestra liga. En otros tiempos no hubiera entrado a la selección. Durante el Mundial de España 82, el mejor centrodelantero de Brasil jugaba en México: Evanivaldo Castro Cabinho, ocho veces campeón de goleo. La selección verde amarella necesitaba a alguien como él, pero, a falta de televisión satelital, sus goles pasaron inadvertidos en su país. Aun así, nadie pensó que pudiera ser un mexicano exprés.Hoy en día, la Liga MX permite que haya siete extranjeros en el campo y dos en la banca. Es la más poderosa del continente. Además de los nuestros, aporta al Mundial 26 jugadores de otros cinco países. Nada más lógico, entonces, que se recurra a naturalizados como Quiñones o el español Fidalgo. Zygmunt Bauman habló de las “identidades líquidas”, que se adaptan a un entorno inusual, y la realidad perfeccionó el concepto con identidades licuadas, que no requieren de entorno. Quiñones es un mexicano virtual o, si se quiere, un mexicano pirata, lo cual le da un rasgo típico en un país donde siete de cada diez habitantes adquieren un producto falsificado al año. En esta tierra, una enchilada es “suiza” si lleva queso y un futbolista mexicano si lleva playera verde. A diferencia de México, Inglaterra sólo admite un jugador naturalizado. Esa es su tragedia. La Premier League es el Museo Británico en movimiento, un extraordinario despliegue de la excelencia y el despojo, lo cual deja sin espacio al talento vernáculo. El Equipo de la Rosa fracasará por confiar en su gente. Esta triste y noble historia ya estaba en Shakespeare; con nostalgia imperial, Ricardo II exclama: “Esa Inglaterra que estaba acostumbrada a conquistar a otros / Ha hecho la vergonzosa conquista de sí misma”. El fútbol nos ha deparado situaciones como la de los hermanos Boateng (Kevin jugaba para Ghana y Jérome para Alemania) y los Williams (Nico juega para España e Iñaki para Ghana). Ser de un país se ha convertido en un trámite de oficina que depende de opciones de trabajo. ¿Debemos lamentarlo? Antes de responder, conviene recordar que la mayoría de las cosas que se hacen en nombre de la patria son siniestras. El fútbol permite la ilusión, leve y transitoria, de formar parte de un colectivo. Los mexicanos que el 11 de junio llenamos el Estadio Azteca no reclamábamos la devolución de Texas ni pedíamos que el rey de España pidiera un perdón ya inútil. Estábamos ahí, unidos por una rara magia, apoyando a un equipo que siempre es inaugural en la medida en que carece de tradición triunfadora. En el Mundial anterior profetizaste que Messi jugaría mejor porque Maradona ya había muerto. Se había liberado de la “piedad filial”, estudiada por Freud y nuestras madres psicoanalistas (valga la redundancia).Julián Quiñones no tenía que liberarse de referente alguno. Llegó sin biografía a un país sin glorias. Su amor a la camiseta es como el nuestro. La identidad es una ilusión compartida. Portamos con orgullo la investidura verde, aunque esté hecha en China. Te abraza Juan