Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.Martín querido:Te escribo en estado de irrealidad. México cuajó un primer tiempo de locura y eso bastó para borrar a Ecuador del mapa. Se dice fácil, pero ellos tienen jugadores que militan en el Arsenal, el Chelsea y el PSG. Por cortesía de la FIFA, los paraguas están prohibidos en el Estadio Azteca, de modo que fuimos empapados por una tormenta que retrasó el partido. Pero nada contuvo el júbilo de un país donde la única ley que se cumple es el desmadre. Después de la victoria, 800.000 entusiastas fueron al Ángel de la Independencia para explorar todas las variantes coreográficas del frenesí, que dejaron un terrible saldo de cuatro muertos. Cada victoria se celebra como si no pudiera haber otra. Ha surgido un nuevo grito de guerra sin parangón en el fútbol contemporáneo. No se trata de una afirmación sino una pregunta: “¿Y si sí?”. El país entero lanza una interrogación. “He ahí el dilema”, dice nuestro próximo rival, Inglaterra, liderado por un formidable Harry Kane.Como sabes, en el mundo alterno que propongo para el fútbol, debe ganar el que más disfrute. En 2025 pasé un semestre en Berna; vivía cerca del estadio y un día, Sofía y yo nos topamos con los hinchas de la escuadra local, los Young Boys, que salían de un partido. Le pregunté a mi esposa: “¿Te parece que ganaron o perdieron?”. Imposible saberlo: esos rostros hieráticos no habían sido afectados por el marcador. Luego supimos que venían de un triunfo importante, pues se habían puesto en segundo lugar de la tabla; pero hay sitios donde los goles no incluyen un suplemento de felicidad extrema.Siempre he agradecido que estudiaras Historia porque sabes todo lo que jamás estudiaré. ¡Buenos Aires fundada por paraguayos! La exclusiva me llega con quinientos años retraso (¡qué impuntual es el destino!). Esto lleva al tema de tu primera carta: la extrañeza de que exista el orgullo nacional en un tiempo de globalización y franquicias. Lo cierto es que algunas naciones no pierden su temperamento. Alemania garantiza regularidad: decepcionó ante Ecuador y volvió a decepcionar ante Paraguay.Desde hace mucho, el equipo guaraní tiene una identidad inconfundible. Su obsesión absoluta es defender, a tal grado que durante años su principal atacante fue un guardameta: Chilavert, que cobraba de maravilla penaltis y tiros libres. En forma sorpresiva, ese equipo granítico fue goleado por Estados Unidos en su primer juego. Pero encontraron un revulsivo en un vestidor donde el castellano se mezcla con el guaraní, lo cual nos remite a otro tema identitario: ese grupo idiosincrático es guiado por un argentino. Entre otras cosas, el Mundial será recordado por los estrategas de tu tierra. En mi pasada carta encomié los logros de Pochetino, Scaloni, Beccacece y Lorenzo. No mencioné al entrenador de Paraguay porque venía de perder con Estados Unidos, pero la victoria ante Alemania redimió a Gustavo “Lechuga” Alfaro, que confió el principal puesto de Paraguay (la portería) a Orlando Gill, cuya vida amerita una telenovela de cien episodios. Sin contrato de trabajo, tuvo que vender su uniforme y sus zapatos para darle de comer a su familia. El legendario Chilavert criticó que fuera llamado a la selección, pero Alfaro lo sostuvo. Alemania nunca había perdido una eliminación en penaltis. Para colmo, se encarga de diseñar los balones. Pero Gill estaba en su hora grande. Al término del partido, tu paisano Alfaro confirmó que a los argentinos no sólo se les dan los goles sino también las frases: “A la cancha entraron 26 guerreros y salieron 26 leyendas”, dijo al modo del prócer San Martín. Cuando le preguntaron hasta dónde llegaría, supo contestar: “Resistir está en nuestro documento de identidad”. Se podría argumentar que la frase es impostada porque él tiene pasaporte argentino, pero está visto que en este mundo promiscuo la gente es de donde quiere. Chavela Vargas lo dijo hace tiempo: “los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”.El tema nos conduce a un país del deseo: Marruecos. De sus 26 jugadores, 19 nacieron fuera de su tierra y sólo tres juegan ahí. Su sentido de pertenencia depende de la camiseta roja y su territorio es del tamaño de la cancha. Contra Países Bajos dieron un partido que debemos festejar: con excepcional enjundia, brillaron de “ida y vuelta”. Marruecos fue superior, pero una atajada del portero Verbruggen (que recordó la del “Dibu” Martínez en la final de 2022) llevó el combate a penaltis.En esos tiros de la muerte no hay táctica que valga. La diferencia esencial fue que los holandeses se motivaron con abrazos y los marroquís se arrodillaron a rezar. No es éste el sitio para iniciar una polémica sobre la religiosidad. Me limito a decir que chutar era un asunto de fe. Quienes eligieron un país imaginario buscaban el apoyo de un Dios invisible. La contienda había dejado de ser deportiva. En clave racional, podemos decir que era psicológica. Para Marruecos, era un asunto de creencia. Cuando Bono detuvo un penalti de pie, como una estatua de sí mismo, supimos quién ganaría la tanda.Termino con una frase de Galeano, que nos conviene a ambos: “Si los pelos fueran importantes estarían dentro de la cabeza”. Para selección de Marruecos, el país, como Dios, está en la cabeza.Te abraza,Juan
La patria imaginaria
Ha surgido en México un nuevo grito de guerra sin parangón en el fútbol contemporáneo. No se trata de una afirmación sino una pregunta: “¿Y si sí?”. El país entero lanza una interrogación










